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Entusiastas y optimistas: la era Macri y la impugnación al pensamiento crítico

Adrian Negro analiza las posibilidades y limitaciones del pensamiento crítico en las actuales condiciones de un neoliberalismo que desconfía del ejercicio intelectual.

Por Adrián Negro*

Promediando las diez de la noche comenzaron a llegar los mensajes. Las fotos eran de amigos brindando con lo que sea: un vino, un fernet improvisado, un mate. Cuadras y cuadras de gente feliz y emocionada saludando la llegada de un nuevo presidente, componiendo una postal que no abunda. Tal demostración de alegría popular no se explica solamente por el regreso al poder del kirchnerismo dentro de un nuevo frente de unidad. La alegría se debe a que ese regreso es también el fin del ciclo macrista. Un ciclo que arrasó con el nivel de vida y el desarrollo del país como un vendaval con aires de coaching y evangelismo empresarial. La alegría es por el límite que ese triunfo electoral significa ante la avanzada neoliberal pero también por la recuperación de la política y de la dimensión del futuro.

No se trata de una revolución anticapitalista ni mucho menos. Pero en una coyuntura que parece detenida en el tiempo, recuperar la potencialidad de pensar otras escenas posibles y disputar algo del “realismo capitalista” es una victoria importante. Y lo es porque el proyecto neoliberal viene acompañado de un fuerte pensamiento único. En nuestro país, en estos cuatro años y con enunciados que hablan de “libertad” y de “respeto al que piensa distinto”, lo que se ha impulsado es un discurso homogeneizante que impugna a las ideologías políticas contrarias como falaces mientras que la propia es promovida como lo “normal” o “lo que debe hacerse”. En ese marco, el pensamiento crítico ha sido uno de los principales blancos.

A fines de 2016, Marcos Peña afirmaba en una entrevista televisiva que el de ellos era un gobierno en el cual no se era inteligente por pensar críticamente, sino por ser entusiasta y optimista. “El pensamiento crítico llevado al extremo le ha hecho mucho daño a la Argentina” – decía el Jefe de Gabinete – “Al final del día se pierde el eje de cuál es la verdad” – concluía. Esa “verdad” que no puede ser otra cosa que la ideología por excelencia, es decir, el punto en donde se presenta como lo evidente.

La demonización del pensamiento crítico y el ataque hacia las instituciones encargadas de producir conocimiento puede rastrearse en diversos episodios concretos. Sólo por mencionar algunos: a fines de 2016 también estallaba el conflicto por los ingresos a carrera del CONICET y fuimos testigos de la campaña de difamación hacia distintas investigaciones en Ciencias Sociales. A su vez, hubo un constante ataque al colectivo docente, con un episodio paradigmático como lo fue la convocatoria de voluntarios en la Provincia de Buenos Aires para suplir a los que hacían paro. Se afirmaba, así,  que cualquier ciudadano podía cumplir esa tarea. En la provincia, además, la gobernadora María Eugenia Vidal llegó a afirmar que “nadie que nace en la pobreza en la Argentina llega a la Universidad”, poniendo en tela de juicio la utilidad de las universidades del conurbano bonaerense (también la capacidad de las clases populares para pensar y estudiar). Anteriormente, Macri ya había cuestionado en plena campaña esas casas de estudio. “¿Qué es esto de andar abriendo universidades por todos lados?”, preguntaba escandalizado. Mientras tanto, la promoción desde el Estado de actividades pseudocientíficas como de “interés cultural”, sean de autoayuda o de astrología, comenzó a ser recurrente, como la presentación del nuevo libro de Ludovica Squirru o la invitación de Daniel Cerezo, fundador de la organización “Creer Hacer”, a brindar charlas motivacionales para el gabinete.

 

Un párrafo aparte merece el negacionismo explícito del terrorismo de Estado de la última dictadura cívico-militar, en boca de funcionarios como Pablo Avelluto, pero llevado al extremo ante el intento de aquél “2 por 1” rechazado por una impresionante movilización. La negación del revisionismo histórico y del ejercicio de la memoria también se ha manifestado en muchas oportunidades, desde Esteban Bullrich celebrando las “campañas al desierto” hasta la sintomática eliminación del componente histórico en los nuevos billetes y monedas, suplantada, ahora, por la flora y la fauna autóctonas. Una forma de eliminar la discusión política en torno a la construcción de la memoria (un aspecto negativo que alimenta “la grieta”) por animales y plantas (bondad e inocencia uniendo a los argentinos).

 

En el abanico ideológico que supo agitar el gobierno de Macri, entonces, uno de los componentes más notorios es el de un marcado antiintelectualismo. Por supuesto, no se trata de que el gobierno saliente haya sido el centro de operaciones de una ideología programada, sino que ha encarnado posiciones ideológicas dominantes que lo trascienden y que abarcan universos tan variados como la gerencia empresarial, la autoayuda, el emprendedorismo, las pseudociencias y el voluntarismo colaborativo de las ONG, entre otros. En todo ese entramado, hay elementos de rechazo a los engranajes de una sociedad típicamente industrial, cierto aire de rebeldía contracultural y autonomista contra los resortes de las “sociedades disciplinarias” que describió Foucault.

 

Ese antiintelectualismo se expresa, por ejemplo, en la operación que traduce el conocimiento en soberbia. En esa línea, la autoridad de la palabra ubicada en el saber, el discurso universitario que Lacan describe en su teoría de los cuatro discursos, es denostado, no por su contenido sino por su naturaleza en sí, es decir, la posición del saber. En esta vertiente, el debate y la confrontación argumentativa han sido catalogados como ataques ante “el que piensa distinto”. El ejemplo más reciente es el del primer debate presidencial del 13 de octubre, en donde Macri denunciaba el “dedito acusador” de Alberto Fernández que lo confrontaba con datos concretos. “Vuelve el atril, la canchereada”, se quejaba el presidente Macri. “Quieren que los que pensamos distintos nos callemos”, dijo algunos días más tarde promediando el cierre de campaña en Mar del Plata. Algo que repetía una y otra vez en los gobiernos de Cristina Fernández y que ahora lo colocaba de lleno -nuevamente- en el lugar de la oposición, siendo, aún, presidente y candidato.

 

Pero ¿de qué se trata ese «pensar distinto»? La pluralidad de voces y la libertad de pensamiento son proclamas fácilmente compartidas. También el hecho de que el pensamiento no es el patrimonio de algunos pocos privilegiados. Pero, ¿es todo pensamiento igualmente válido? ¿Es cualquier pensamiento igualmente legítimo? Algo que afirma Éric Sadin en su último libro es que estamos atravesando una ampliación del relativismo generalizado de la época. El filósofo francés arremete contra la universalización de la visión de mundo de Silicon Valley y su doxa tecnológica, pero en su análisis concluye que la propagación de ese ímpetu empresarial basado en la potencialidad de la inteligencia artificial y la “organización algorítmica de la sociedad” depende, en última instancia, de una creencia. Se basan, según Sadin, en “suposiciones vagas” que se sostienen como si fueran verdades irrefutables. En una sociedad digital y bajo las lógicas de socialización de las redes sociales, se presuponen tanto la democratización de la palabra como el acceso a la información y la transparencia. Sadin menciona el funcionamiento de una “ideología de la desintermediación”, bajo la cual las instancias intermediarias (la posición del saber podría incluirse entre ellas) son vistas con recelo.

 

El filósofo explica que el espíritu contracultural de la California de los años 60 ha moldeado el emprendedorismo de Silicon Valley, el cual hoy constituye una visión dominante que se refleja en el discurso de la superación personal y en el de la mejora de la vida a través de las tecnologías como la única verdad posible. La «revolución de la alegría» venía acompañada de un ideario autonomista y fuertemente individualista, influenciado por rasgos de esa contracultura. Una suerte de rebeldía de los lego. Optimismo, entusiasmo, experiencia práctica, determinación, aprender de los errores, aprovechar el fracaso como una oportunidad y demás mantras de autosuperación forman parte de esta trama que termina cuestionando el pensamiento crítico y la producción de conocimiento en favor de una nueva fe y de una filosofía de vida. “Debemos crear argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla”, afirmaba el entonces ministro de Educación, Esteban Bullrich. Cambiemos se dedicó a articular en su gobierno ese discurso del ímpetu individual y emprendedor que desafía los cánones establecidos y que se pretende disruptivo. La tan mentada salida de la zona de confort.

 

Son pobres de mente: ideología con sabor a ciencia

 

«La pobreza es un estado mental», sentenció hace dos años el Secretario de Vivienda de los EE.UU, Ben Carson. En esa simple frase se resume todo un entramado ideológico que tira por la borda cualquier explicación estructural de los fenómenos sociales. “La pobreza poco tiene que ver con lo económico; tiene que ver con qué hacés vos para proyectar tu proyecto de vida”, invitaba a reflexionar Daniel Cerezo en sus charlas motivacionales. Algo similar se afirmaba desde el amparo de las neurociencias. Cuando Facundo Manes conformó una suerte de Consejo Asesor ad-honorem en la Provincia de Buenos Aires, sentenciaba que, con el aporte de la ciencia moderna, se debía intentar cambiar el esquema mental: “que la gente bajo situaciones vulnerables deje de pensar en la próxima hora y empiece a pensar en un proyecto, que esté motivada, que quiera mejorar en su vida”. En simples palabras: si se quiere, se puede.

 

No toda ciencia es denostada. La diferencia radica en su finalidad o utilidad práctica. Las neurociencias y las tecnologías digitales, por ejemplo, gozan de un incentivo especial debido a su inmediato retorno utilitario, cuestión que se torna más difusa tanto para las ciencias sociales como para la ciencia básica y, en general, para toda actividad académica que abogue por la producción de conocimiento y el pensamiento crítico sin tener en claro una justificación en base a su posible “utilidad”, básicamente destinada a la industria y a la producción.

 

Las recetas de la autosuperación personal constituyeron en estos años un dogma central en donde la pobreza fue entendida desde ese lugar. Pero no es sólo la dimensión ideológica de las neurociencias lo que se encuentra detrás de esto sino, también, la autoayuda financiera que describe el sociólogo Daniel Fridman en su último trabajo, “El sueño de vivir sin trabajar” (2019). Allí, Fridman analiza a los grupos de entusiastas inversores que persiguen el objetivo de vivir de la renta financiera inspirados en libros de autoayuda sobre finanzas. En esa literatura – detalla el sociólogo – la sociedad industrial representa el pasado, el trabajo es el pasado, las garantías sociales son el pasado y, por sobre todas las cosas, depender de todo eso es un signo de debilidad y de deficiencia. En definitiva, se es pobre porque se insiste en esa mentalidad. Fridman se ocupa de demostrar hasta qué punto esa literatura implica una tecnología de transformación del yo para convertirse en un yo neoliberal. En esa transformación, la escuela y la educación tradicional son constantemente atacadas por habernos enseñado a tener una mentalidad “perdedora”, que es básicamente la del trabajador. El antiintelectualismo es un componente central de todo el argumento. Lo que se debe saber, el único conocimiento importante, es cómo aprovechar las oportunidades económicas y poseer la capacidad de lograrlo.

 

En suma, la cultura de menosprecio al pensamiento crítico cobró fuerza en el gobierno que termina y es similar a lo que se puede ver en la publicidad televisiva de una famosa marca de vinos. En ella, un hombre maduro, notoriamente académico, comparte un intento de comprensión reflexiva sobre alguna dinámica cultural de la sociedad contemporánea, como la moda o el consumo de tecnologías digitales. Este aparente intelectual o docente universitario rápidamente es llamado a silencio mediante un chistido, callado con un gesto de hastío por un hombre joven, descontracturado, que le acerca una copa de vino, lo que parece indicar que se debe hablar (y pensar) menos y disfrutar más. Esta publicidad, con gestos de autosuperación new age y culto al goce, se parece bastante a la actitud del gobierno macrista para con el desarrollo del pensamiento crítico. Un llamado a silencio y una invitación a dejarse llevar y a confiar. “Es por acá”, arengaba Macri. En definitiva, un mensaje de fe. Finalmente, el límite a la expansión neoliberal que comienza a trazarse en nuestro continente permite imaginar otros horizontes posibles.

*Licenciado en Comunicación (UBA)

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