Home / Jarrones Chinos / «Ellas cierran sus ojos», del escritor César Fiscina, en El último lector

«Ellas cierran sus ojos», del escritor César Fiscina, en El último lector

Seba Ronchetti comparte en la madrugada de FM La Patriada el conmovedor cuento del escritor y periodista de la localidad bonaerense de Arrecifes. "La levanto y le digo que no llore, que otro día sacamos una foto los tres juntos y listo. Tira la muñeca al piso pero inclina el burbujero y me salpica. Exagero mucho y le da risa, se ríe y llora a la vez. Le propongo juntar ramitas para prender fuego y se le transforma la cara".

«Ellas cierran sus ojos», de César Fiscina, un cuento incluido en el libro En la profundidad del océano, se lee en El último lector.

 

Lucía abre la canilla, llena el pequeño balde rosa, lo agarra de la manija y camina con mucho esfuerzo hasta que lo vacía sobre el limonero recién plantado. Yo piso varias veces la tierra húmeda para que se afirme. Deja la canilla abierta y se forma un gran charco.

Se hace la distraída y pasa varias veces caminando por el agua. Está embarrada y mojada, entusiasmada con nuestra tarea. La miro un rato. La presión por tener que explicarle algo que no comprendo ni un poco me asusta. A duras penas puedo comprender la injusticia de lo que vivimos estos años. Lo que mi hija sienta en el momento que hable con ella, y lo que sienta después, eso es mucho peor que la injusticia. Pero es por ese miedo que estamos acá,
descalzos los dos. Yo hago de padre de familia bien plantado, firme. Ella percibe loinevitable.

Ahora está sentada en el pasto. Le cuento el dicho que dice que en la vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Le explico que a mí solamente me falta escribir un libro. Y a ella tener un hijo y escribir un libro. Me escucha atenta mientras intenta sacarse el barro de la suela de sus zapatillas.

– Margarita podría ser mi hija, pá.
– Sí amor, pero para jugar, porque es una muñeca. El dicho se refiere a una hija de verdad.
– ¿Y cómo hago para tener una hija de verdad?
La verdad es que no tengo ganas de mentirle con la semillita o la cigüeña. Por eso le respondo que primero tiene que crecer, luego tener novio y casarse. Pero lo que nunca le puedo decir es que quizás se enamore de alguien que se va a morir. Le pedí que traiga otro balde con agua y limpie la pala que usamos para hacer el pozo.
– Quiero limpiarla yo pá.
– No amor, te podés cortar. Ahora nos tenemos que sacar una foto de recuerdo.
– ¿La llamo a mami?
– Si lo plantamos nosotros dos, la foto tiene que ser de nosotros dos, le digo.

Lucía va caminando con el balde en la mano, lo llena y cierra la canilla. Apoya el balde en el pasto y entra a casa. La veo que va hacia la pieza. Yo enderezo el limonero. Miro el cielo, resplandece color naranja pero ya no se ve el sol. El aire está más fresco. Quiero seguir en el patio, sucio, entretenido. Me dan ganas de prender fuego. En el freezer hay
hamburguesas y tengo unas latas de cerveza. Eso me va a ayudar. Fuego, hamburguesas y cerveza fría. Lucía vuelve de la pieza con un burbujero y una muñeca sin ropa. Tiene barro hasta en la cara, está preciosa.

– Mamá no me escucha.
– Bueno, no importa. ¿Nos sacamos una selfie antes de que oscurezca?
– Pero quiero que esté mami.
– Bueno amor, pero mamá no puede. Qué querés que te diga hija, le grito.

La levanto y le digo que no llore, que otro día sacamos una foto los tres juntos y listo. Tira la muñeca al piso pero inclina el burbujero y me salpica. Exagero mucho y le da risa, se ríe y llora a la vez. Le propongo juntar ramitas para prender fuego y se le transforma la cara.

– Secá el balde con este trapo y llenalo de ramas Lucía.
– ¿Lleno?
– Sí, bien lleno. Mientras te voy a buscar ropa seca así no te resfriás.

Se queda concentrada secando el balde. Esas tareas le gustan mucho más que colorear ovver dibujitos. Estuve a punto de preguntarle si le gusta jugar conmigo. Voy a mi habitación. Todo está como siempre. Pienso que me va a costar ordenar sus cosas y embolsar la ropa.

Podría contratar a alguien para que se encargue, pero algunas cosas las quiero guardar de recuerdo. La cama está impecable, sin una arruga, como le gusta a ella. Me siento de su lado. La habitación está oscura, salvo por el televisor encendido. La persiana cerrada no deja entrar ni un hilo de luz. Escucho a Lucía cerca de la ventana. Quiero abrir, para que vea a Lucía embarrada en el verde, que entre luz. Antes le gustaba eso, pero ahora le hace mal vernos en el patio.

– Lara, amor, está hermoso afuera.
– No abras por favor, estoy congelada.
– ¿Tenes fiebre?
– No, pero me duelen los huesos.

Prendo el velador. Saco al gato que está durmiendo enrollado a sus pies. Le hago caricias en la espalda para que le de calor. Ayer el médico habló claro, y crudo, como si nos hubiera dictado una sentencia.

– No amor, no me hagas así. Me descompone.
– ¿Queres que te traiga un té?
– No, déjame, estoy bien. Vos tranquilo. ¿Qué hace Lucía?

– Está chocha, juntando ramitas.
– No me mientas, estaba llorando.
– No pasa nada, quería que nos saquemos una foto los tres. Le dije que mañana la sacábamos y se le pasó.
– Que no se resfríe.

Siento los pasos de Lucía. Entra a la habitación y mira a ver qué hay. Yo me hago el que busco algo. Va al baño. Escucho como hace pis y vuelve al patio. Observo el rosario que cuelga sobre la campana del velador. Está bendecido por el Papa, se lo trajo su mamá del Vaticano. Apago el velador. Voy a la pieza de Lucía y agarro un jogging, medias, una remera seca y un buzo. Sobre la mesita en la que dibuja hay fibras destapados. Me agacho para taparlos y encuentro una hoja caída. Es un dibujo, todo color naranja, como el cielo en el patio. Papá, mamá, Lucía y Silvio, el gato. Todos estamos con una sonrisa. La cara de Lucía tiene ojos y orejas muy grandes, pero sin boca. Vuelvo al patio. Lucía corta una pequeña rama que es parte de una rama más grande.

– Vení amor de papá, le digo, te voy a poner ropa seca.
– ¿Mamá?, me pregunta pero no le contesto.
– Mamá siempre está en la cama, insiste.
– No tiene nada de malo hija, le gusta descansar, mirar tele.
– Pero la tele está prendida y ella no la mira.
– A veces mira, a veces descansa. Después de jugar tengo que explicarte una cosa sobre mamá, le digo y miro para otro lado para que no vea mis ojos.

En ese momento viene Lara al patio. En pantuflas y con mi campera de Boca. No tiene el pañuelo en la cabeza. Su piel está muy blanca. Se sienta en la silla reposera y estira los brazos en dirección a Lucía, que se abalanza de cabeza hacia ella.

– Mami, festeja Lucía, ahora podemos sacar la foto los tres.
– Bueno hija, saquemos la foto. Mamá te ama, sabes.
– Sí, mami, yo también, hasta el cielo ida y vuelta.
Voy rápido a buscar la cámara digital para que la foto sea mejor que la de los celulares. La programo en modo automático y nos sacamos la foto. Mamá, Lucía al medio y yo que agarré una pala y puse cara de excavador de túneles.

– Bueno, dice Lara. Ahora tenemos que hacer una cosa.
– Qué cosa, grita Lucía entusiasmada.
– Tenemos que tomarnos de las manos, los tres, alrededor del limonero, cerrar los
ojos y pedirle a Dios un deseo cada uno.
– Qué es un deseo mami.
– Un deseo es algo que vos queres que pase más que nada en el mundo, le explica Lara.
– ¿Y Dios?
– Nadie. Vos pedilo y listo, interrumpo yo.
Lucía la mira atenta. Lara y yo nos arrodillamos y los tres nos tomamos de la mano alrededor del limonero. Lara me aprieta la mano fuerte y siento su gran esfuerzo.
– Cerramos los ojos, dice Lara guiándonos.

Ellas cierran sus ojos. Yo tardo unos segundos más para poder espiarlas.

Fuente: El último lector – FM La Patriada.

También podés ver...

Aníbal Fernández: «Si no te importa el otro, no tiene sentido que milites»

En el Día de la militancia, Aníbal Fernández contó sus primeros pasos en la política, su infancia en Quilmes, la actualidad de América Latina y el futuro de Argentina con Alberto Fernández.