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Elecciones en Estados Unidos: Polarización, crisis de liderazgo y el impacto en la región

Estados Unidos entró en la recta final de las elecciones presidenciales del 3 de noviembre en un contexto de fuerte polarización y paridad entre Donald Trump y Joe Biden. Los lineamientos de la campaña, el impacto para América Latina y un escenario inquietante: ¿Es posible que el resultado quede sujeto a un fallo de la Corte Suprema? | Por Augusto Taglioni.

Diseño: Cooperativa Gráfica del Pueblo.

*Por Augusto Taglioni

Estados Unidos entró en la recta final de las elecciones presidenciales del 3 de noviembre en un contexto de fuerte polarización y paridad entre Donald Trump y Joe Biden.

Según una encuesta difundida por la emisora pública estadounidense NPR (si, los creadores del Tiny Desk), Biden obtendría un 52 por ciento de los votos contra 42 de Trump.

El candidato demócrata Joe Biden es el mejor valorado para gestionar el país en el contexto de pandemia mientras que Trump es considerado el más preparado para encarrilar la economía.

De todas formas, el sistema electoral estadounidense no se basa en la cantidad de votos totales (Trump tuvo menos votos que Hillary Clinton en 2016) sino que depende de la cantidad de delegados que obtenga cada candidato dentro del Colegio Electoral.

Joe Biden es el favorito entre graduados universitarios, mujeres, jóvenes, mayores y residentes en ciudades y Trump se destaca entre los evangélicos, blancos sin título universitario y residentes en zonas rurales y ciudades pequeñas.

Entre los votantes independientes, Joe Biden tiene 21 puntos de ventaja (57-36), un sector en el que Trump ganó por 4 puntos en 2016.

A su vez, el apoyo de la población blanca es de los más altos de los últimos 50 años para un postulante demócrata, con un 49 por ciento para Joe Biden.

Por el contrario, el exvicepresidente de Barack Obama tiene un apoyo por debajo de lo esperado entre los no blancos (60-34) por debajo del 74-21 por ciento logrado por Hillary Clinton en 2016.

Una nueva encuesta del periódico The New York Times y el Siena College, que sondeó la intención del voto de los electores indecisos de Arizona, Maine y Carolina del Norte, muestra que Joe Biden goza de una ventaja sobre el presidente Donald Trump.

Por otro lado, el voto latino será determinante. Allí, Biden lidera la intención de voto general en la Florida con un 50% frente al 45% de Trump, según la última encuesta de la Universidad de Monmouth.

Entre los hispanos esa diferencia aumenta, 58% para Biden y 32% para Trump. Florida es un estado clave, ya que, el ganador obtiene 29 votos del colegio electoral y, para ganar las elecciones presidenciales, hacen falta 270.

Con la economía golpeada por la pandemia y la retórica de la generación de empleo tirada a la basura, el presidente de Estados Unidos apeló a una narrativa dividida en dos:

  1. Ley y orden como línea de intervención interna ante las protestas generada por la violencia policial contra las comunidades afroamericanas
  2. Y la política exterior como insumo para la campaña, ya sea, con la retórica beligerante contra Venezuela que alimenta el voto latino de Florida, la puja con China para alcanzar la vacuna, o la victoria diplomática que implicó la normalización de relaciones entre Israel y los países del Golfo Pérsico, que se firmó ni más ni menos que en la Casa Blanca.

Por su parte, Biden busca tender puentes con los sectores sociales que se alzaron a las calles luego del asesinato de George Floyd y que lo miran con desconfianza por ser parte del establishment político.

En el plano exterior, los demócratas no cambiarán demasiado el guion. El posicionamiento respecto de Venezuela será el mismo y la disputa con China se mantendrá.

Lo que pueden restaurar los demócratas es la lógica multilateral de la era de Obama y la implementación del Green New Deal que pretende cambiar la economía estadounidense para luchar contra el cambio climático, sin dejar de combatir la desigualdad y mantener los empleos; medidas de intervención en los mercados financieros, como la famosa ley Glass-Steagall, que separaba entre créditos para consumo y la banca de inversión; y subsidios a los sectores productivos pero con una mirada ecológica.

Además, con Biden Estados Unidos volverá a comprometerse con el acuerdo de París.

En términos estratégicos, los demócratas tienen la oportunidad de retomar el proyecto globalista que se interrumpió con la llegada de Trump. Ese proyecto global está herido y cada día más cuestionado por liderazgos reaccionarios por lo que el desafío es aún más grande y complejo.

¿Qué implicancias tendrá la elección para América Latina?

Desde el punto de vista de los intereses de Washington en la región es difícil encontrar una diferencia sustancial entre Trump y Biden. La presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela seguirá como también el objetivo de aislar a China.

Sin embargo pueden cambiar las formas. El estilo de Donald Trump ha sido unilateral y, como ocurrió con la disputa por la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo, frontal a la hora de imponer sus condiciones.

No sería descabellado pensar que con el proceso electoral resuelto y ante el fracaso de la oposición venezolana para sacar a Maduro del Palacio de Miraflores, el presidente norteamericano gestione un encuentro con su par venezolano.

Si observamos los antecedentes de Donald Trump, no sería descabellado pensar que con el proceso electoral resuelto y ante el fracaso de la oposición venezolana para sacar a Maduro del Palacio de Miraflores, el presidente norteamericano gestione un encuentro con su par venezolano, como sucedió con la reunión con Kim Jong Un en 2019.

En el caso de los demócratas, podría restablecerse el puente de diálogo con Cuba iniciado por Obama en el tramo final de su mandato. Con el proyecto global como buen recuerdo que no volverá, Biden deberá apegarse al bilateralismo predominante de los últimos años y, como escenario demasiado optimista, volver a poner el foco en espacios como la Alianza del Pacífico.

El impacto en Brasil

Un punto al que habrá que prestarle atención es el vínculo entre Estados Unidos y Brasil si Trump es derrotado.

Jair Bolsonaro ha manifestado su apoyo al neoyorquino y el ala ideológica de su gobierno, representada por el filósofo Olavo de Carvalho, sus hijos, el asesor Felipe Martins y el canciller Ernesto Araújo, tiene profunda admiración por el jefe de Estado norteamericano.

El dilema, en ese sentido, es que Brasil decidió ser parte del proyecto antiglobalista de Trump, lo cual incluye, entre otras cosas, críticas a la Organización Mundial de la Salud y a la lucha contra el Cambio Climático. Sin Trump en la Casa Blanca, Bolsonaro podría pagar el costo de ese alineamiento.

Este panorama aceleraría los movimientos internos en el gobierno brasileño y, tal como está sucediendo con el manejo de la economía en la pandemia, el ala militar podría tomar el control de la agenda exterior en lugar de Araujo y Martins. Si eso sucede, Brasil volvería a una lógica regionalista que le permita suturar las heridas con Argentina.

Una elección que se podría resolver desde el escritorio

Un escenario que no hay que descartar es que Donald Trump pierda por un margen estrecho y, como viene anticipando, desconozca los resultados. El último antecedente fue la polémica victoria de George Bush contra Al Gore en el año 2000, que se terminó definiendo con la intervención de la Corte Suprema de Justicia.

La reciente muerte de la jueza Ruth Bader Ginsburg por un cáncer de páncreas abre la posibilidad de incorporar un magistrado que incline la balanza ideológica en el máximo tribunal. Esto en un escenario de polarización y ante un proceso electoral convulsionado significa un verdadero terremoto.

Como siempre ocurre en las elecciones en Estados Unidos, habrá más continuidades que rupturas y, en el caso de la región, el desafío sigue siendo construir un mecanismo de integración que dote de autonomía a un continente fragmentado y golpeado por la pandemia.

Volatilidad internacional, demandas estructurales internas y la urgencia de seguir siendo la principal potencia ante una China que crece a pasos agigantados son algunos de los desafíos que tendrán por delante el país más importante del mundo para mantener su liderazgo.

 

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