Home / La Gaceta / El virus de la desigualdad

El virus de la desigualdad

Lejos de la moralización y de las recetas generales, el investigador Carlos Britos propone pensar la pandemia según los desafíos de cada coyuntura y en función de las prioridades de América Latina para América Latina. "La cuestión es adoptar, dice, no el punto de vista de la crisis, sino el punto de vista populista ante la crisis: denunciar las causas que la hicieron posible o la agravaron, contener a quienes más golpea y analizar el modo de hacer de ella una ocasión para mejorar la vida de las mayorías".

Por Carlos Britos*

Navegando por la red o en conversaciones con amigxs es muy posible que, más tarde o más temprano, todxs nos encontremos con ese coro crítico que hoy junta sus voces en indignación con el modo en que un grupo de mandatarios de diversos países están manejando la pandemia COVID-19. Esa diatriba pasa, sin solución de continuidad ni matices de ningún tipo, de Trump a Bolsonaro y de este a López Obrador, pidiendo la renuncia de unos y otros, en una suerte de versión ecuménica del vernáculo “que se vayan todos”. A este coro, las disímiles actitudes que esos gobernantes adoptaron ante cuestiones cruciales del continente, hoy eclipsadas o postergadas ante el brote que captura la atención mundial (la situación en Venezuela, por ejemplo, o la reacción frente al golpe de estado boliviano), no parecen conmoverle el criterio a la hora de exigir que rueden cabezas.

Ninguna objeción en cuestionar al presidente de México una testaruda ignorancia y una peligrosa y obstinada necedad a la hora de evaluar los efectos de la pandemia en la población mexicana. Posiblemente AMLO se haya demorado en tomar la versión mexicana de las medidas de “aislamiento preventivo y obligatorio”. La objeción le cabe, sin embargo, al apresurado reordenamiento de alianzas geopolíticas que lleva a ubicar AMLO en la misma bolsa que Bolsonaro y a Trump: la de los “malos líderes”, de los que son parte del problema y de los que, por tanto, “deberían irse”. ¿Qué se le objeta a esta acusación? Que toma en cuenta un virus, el Covid-19, pero se desentiende de otro (más estructural más profundo, más enquistado y de mucho mayor aliento), que es el virus de la desigualdad.

“Pero hoy el virus es lo único que importa”, se apresura a entonar la voz coral; “si vivieras en México, no opinarías igual”, afinan la nota. Tal vez no, o tal vez sí. Tal vez sí, si viviera en alguna de las zonas asoladas y desangradas por la violencia del crimen organizado, regiones a las que una gestión progresista quizás pueda ayudar a pacificar (aunque hasta ahora lejos está de conseguirlo, todo debe decirse). O sí, si fuera una de las miles de personas a las que una enérgica política de salud pública puede salvarles la vida. Dicho de un modo más brutal: sobre un país que en los últimos 13 años suma 250.000 muertos por la violencia narco y casi 100.000 por desnutrición (la mayoría de ellos, claro, pobres) afirmar que hoy el virus “es lo único que existe” parece, como mínimo, liviano y apresurado.

El virus no es hoy el único problema. ¿Es la emergencia? Sí. ¿Es la urgencia? Sin dudas. ¿La prioridad? Absoluta. ¿Debe haber una política estatal integral, conjunta y multipartidaria para evitar que sus efectos sean devastadores? Totalmente. Y en eso argentina es vanguardia y ejemplo. Pero que el Covid-19 encabece el orden de prioridades de ningún modo anula que entra a jugar a un tablero donde son múltiples las estructuras que causan la muerte, algunas quizás peores que el virus (aunque maten menos gente). Puede que quienes hoy ven por primera vez la posibilidad de un Estado que los proteja de las opciones que a diario les presentan las bandas criminales mejicanas (del tono: «o ustedes dejan su casa y se van o vendremos mañana, violaremos a su hermana y a usted lo arrojaremos desmembrado a un río»), eligieran a un presidente como AMLO, aún con la negligencia que ha mostrado en el manejo de la pandemia, frente a uno como, por caso, Álvaro Uribe. Si es cierto que el virus es urgente para todos, también lo es que puede ser “lo único” para cierta subjetividad clasemediera para la que escenas como la arriba descripta sólo existen en Netflix, pero que para otros grupos integran su más terrorífica cotidianeidad.

Basta entonces con examinar (tal como ha hecho Judith Butler, integrante del otro coro audible por estos días augurando todo tipo de salidas y potencias e impotencias al Covid-19: el filosófico), basta examinar, decíamos, el modo en que la lógica sanitaria de la pandemia se entrecruza con otras (problemas de género, de etnia, etc.) para comprobar que estamos ante un virus elitista; porque elitista es la escena donde ha entrado a jugar. Dicho de otro modo: si el virus es “en sí” democrático (como se ha dicho), sus efectos no lo son, porque no lo es el mundo al cual ha parasitado.

De esta certeza es posible sacar algunas conclusiones que desembocan en una principal: entre la variedad de opiniones que circulan en relación a las consecuencias que cabe esperar de la pandemia, deberíamos cuidarnos de adoptar una posición popular; o, más precisamente, populista. En primer lugar, porque esas consecuencias no serán, como suele afirmarse, “para la economía”, esa entelequia a la que (de modo semejante a como ocurre con “el mercado”) se la despoja de carnadura concreta: los efectos los sufren y los sufrirán decenas de miles de seres humanos de carne y hueso, ante todo lxs más desposeídxs. En segundo, porque por más crisis económica que el virus provoque, de ningún modo eso garantiza (en eso coincide el coro filosófico) una salida de la misma en dirección progresista: la situación crítica no asegura una transformación de la coyuntura geo-económica actual. No es más (pero tampoco menos) que una oportunidad, y la historia ha enseñado que nunca un orden social cae si no se lo hace caer. La tercera se vincula a las primeras dos: no deberíamos colaborar en la tarea (que ya a diario realizan, y con asistencia sarmentina, los adalides neoliberales) de desgastar la legitimidad de los líderes progresistas que están al frente de algún Estado latinoamericano.

En Argentina, basta navegar por el Twitter de algunxs diputadxs o representantes de la oposición para constatar con qué dedicado esmero, mientras “apoyan al gobierno” en sus medidas ante el virus, realizan una incesante labor de desacreditación. En la consecución de esa meta ellxs no descansan jamás, aún en medio de pestes, catástrofes o pandemias, como lo demuestra el reciente episodio con lxs médicxs cubanxs o los cacerolazos “espontáneos” contra “la clase política” al día siguiente en que Fernández saliera a pedir a los empresarios “ganar un poco menos”. Ese bando (el verdadero “otro bando”) tiene bien claro que la necesidad y la urgencia de unirse frente a un enemigo común no hace desaparecer la irreconciliable de los elementos que se están juntando. Ellxs saben que el virus no disuelve las diferencias; que sólo las posterga o las “deja ahí”, latentes, aletargadas, hasta cuando todo haya pasado. Saben muy bien que unidad no es unificación ni uniformidad. Lo saben bien, y actúan en consecuencia; llamando a unirnos “todos frente al COVID-19” al mismo tiempo que no pasa un minuto sin que intenten deslegitimar la autoridad del Presidente.

Lxs que estamos del otro lado haríamos bien en tomar nota de esto, de cara a imaginarnos el escenario post-pandemia, por difícil que resulte avizorarlo entre tanta ideología de la reconciliación universal. Por lo que quizás sea útil mirarnos en el espejo de la historia. Durante la Primera Guerra, por ejemplo, el único grupo que entendió que era preciso aliarse aún con quienes no dejaban de ser adversarios fue también el único que logró transformaciones sociales profundas; en Rusia primero, y luego, devenido ya “amenaza comunista tras la cortina de hierro”, en los cambios a los que forzó a occidente (el producto más visible de esto fue el welfare state). Ésta era la vital enseñanza bolchevique, rescatada por Lenin en su Carta a los Obreros Norteamericanos: tender la mano al adversario porque la lucha contra un enemigo común así lo exigía, pero sólo bajo esas excepcionales circunstancias y mientras duren (y “aun sabiendo que cada uno ahorcaría gustoso a su compañero”, escribió el líder ruso). Porque si no aliarse significaba una muerte segura, olvidar junto a quienes se luchaba codo a codo representaba una muy posible futura muerte.

La dimensión que anuncia esta prudencia es aquella en la que vive toda estrategia: el futuro. Cuando el Covid-19 sea controlado no dará lo mismo quien esté al frente de los gobiernos. Flaco favor, pues, nos haríamos quienes queremos que esta enorme pérdida de vidas no sea en vano; es decir, quienes luchamos para que este desastre y las muertes que ya costó y aún va a costar (y admitir esto no supone en absoluto resignarse a ello) abran una oportunidad para que algo así jamás vuelva a repetirse. Lo cual está muy lejos de la idea de “sacrificar a los viejos en pos de nuevas generaciones”, como quiere un inefable senador de Estados Unidos, sino que significa dar sentido a la pérdida de quienes nunca debieron haberse muerto. Y la única forma de hacerlo es aprovechar la oportunidad (que quizás tengamos) y luchar por construir un orden mundial en el que nunca más sea necesario “sacrificar” determinados seres humanos.

Adoptar una posición populista (y no se puede no-adoptar una posición) sería precisamente esto: tener frente a la crisis una mirada que no pierda de vista (porque sigue, siempre, ahí) la desigualdad entre los grupos sociales, y que por ello permita actuar estratégicamente en defensa de los intereses populares. Porque son las mayorías las que, ahora y siempre, como durante la Primera Guerra (y la Segunda, con la que se ha comparado mucho el momento actual), están sufriendo, y van a sufrir aún más, los efectos de este desastre.

En un interesante artículo publicado esta semana en Página12, María Pía López analizaba la complejidad del escenario, las opciones posibles y perspectivas que se abren: “unidad de todos decía la tapa de los diarios, y no pocas mascullamos sobre la velocidad con que se vuelve al supuesto universal masculino cuando la crisis arrecia, como si no fueran precisamente los momentos críticos los que exigen una más sensible imaginación política. El alivio ante la solidez del gobierno, la capacidad de planificación, la existencia de un ministerio de salud son datos fundamentales. Pero este no es un gobierno de chetos”. No es un gobierno de “chetos”, no, ¡y menos mal! Planificación, solidez, soberanía, ministerios… Y la lista sigue. ¿Alguien se imagina todo esto con un gobierno pro-mercado? De terror.

Así parece estar contorneándose la alternativa. De un lado, la posición de los gobiernos de derecha, que ha quedado clara estos días: prefieren algunos muertos más antes que la rueda de la economía se detenga. Entre la bolsa o la vida, siempre elegirán la bolsa. De ese lado, acompaña el sector de la ciudadanía que se mantenía fiel a las Tablas de la Ley Neoliberal y afirmaba que era el Mercado quien debía administrar bienes y existencias; pero que hoy, cuando su Dios los abandona a su suerte, claman: «¡Despierta, Estado! ¡Interviene la economía! ¡Repátrianos! ¡Has los test a quien no puede pagarlo, pues son una amenaza para todos! ¡Controla a los díscolos a encuarentenarse!”. Y se entiende el repentino giro: el mercado no vuela a países de riesgo; el libre-mercado estadounidense tiene sanatorios vacíos y calles llenas de infectados (que amenazan contagiar a los que están en clínicas apenas vuelvan a la calle); en Argentina, fue su sacrosanto primer mandamiento, el de la oferta y demanda, el que llevó el alcohol en gel de 90 pesos a 500; y su último, el laissez-passer, el que infecta los cuerpos de quienes circulan por las calles escondiendo empleados en el baúl o salen a pasear en yate “porque pueden”, lo que en boca suya significa porque quieren (“porque no le deben nada a nadie”, como dijo un empresario). Del otro lado, mientras tanto, y entre tanto, se agudiza la imaginación política para que nadie quede atrás, reivindicando el rol del Estado en ese intento, para tirria de quienes al mismo tiempo que le piden ayuda le echan la culpa de casi todos los males de la humanidad.

El resultado de esa lucha está abierto, porque esperar que la pandemia genere por sí sola un cambio irreversible es una fantasía producida por el deseo. La alternativa a la ideología neoliberal, dominante sin dudas, hay que construirla. Y hace mucho que sabemos que las condiciones objetivas no alcanzan para producir una transformación social que merezca ese nombre; que se precisa un agente, una voluntad colectiva capaz de tomar las oportunidades que, cada tanto, se abren en la historia.

Tal vez invirtiendo la conocida frase heideggeriana (“donde yace el peligro, también yace lo que salva”), Pía López termina así su texto: “puede ser ocasión de pensar y revisar la desigualdad, de conjugar la relación Estado y sociedad, de cambiar sistema tributario y lógica de trabajo. Pero también será la ocasión mundial de articular modos tradicionales de control policial de la población y formas nuevas del trabajo, la educación, la comunicación, el trato entre las personas. Muchas imágenes de sociedad futura se trazan durante la pandemia. El desafío de pelear por alguna de ellas no es menor al que nos exige cuidarnos para evitar la expansión del virus”. Seguramente sea con otro López, el Obrador, al frente de una de las mayores potencias del continente como resultará más fácil estar a la altura del desafío, y no con una Jeanine Añez, un Guaidó o cualquier otrx oportunista (que aproveche lxs muertxs que, a veces, son víctimas del fuego amigo) al mando de los países de la región.

Claro que se puede y debe criticar a AMLO. La cuestión es adoptar, no el punto de vista de la crisis, sino el punto de vista populista ante la crisis: denunciar las causas que la hicieron posible o la agravaron, contener a quienes más golpea y analizar el modo de hacer de ella una ocasión para mejorar la vida de las mayorías. Cuando pase el temblor de la pandemia, será clave tener presidentes que no desfinancien programas de género, tengan Ministerio de Salud y políticas de seguridad no represivas. También allí habrá miles de vidas en juego.

Que la unión en la lucha contra el COVID-19 no haga perder de vista que las desigualdades no han desaparecido, y mucho menos lo ha hecho ese modo de tramitarlas (ampliándolas o combatiéndolas) que llamamos política. Las usinas productoras de sentido común no deberían marcarnos la cancha y los equipos si queremos hallar para la crisis una salida por izquierda. Y poder decir que el virus tuvo, sí, realmente un aspecto democratizador.

*Licenciado en Comunicación, investigador (UBA).

Ilustración: El hombre creador y rebelde, de José Clemente Orozco.

 

 

También podés ver...

Prácticas, nada más

Roque Farrán apuesta por cambiar la vieja pregunta "¿qué hacer?" por "¿qué hacemos?" para abrir un interrogante sobre nuestras prácticas. Así, estima que la práctica clave que puede desestabilizar el sistema regulador y reproductivo que comanda la lógica neoliberal es la "práctica ética". Y entiende que "el principal aparato ideológico a cuestionar y transformar lo constituyen los medios de comunicación y la subjetividad troll que estos retroalimentan sin cesar".