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El traje con dos pantalones en El último lector

El cuento de la narradora argentina se comparte en la madrugada de FM La Patriada con Seba Ronchetti. "'Qué lástima', pensé, mientras él esperaba en la casa cubierto con la frazada, ya que no me pudo acompañar porque no tenía pantalones. Yo hubiera deseado que el vendedor levantara ese pantalón hacia la luz, aunque fuera con un palo, pero no hay palos en las tiendas, él lo agarraba con una uña de la botamanga. Para saber qué misterio insondable encerraban esos pantalones".

El traje con dos pantalones, de Hebe Uhart

Hace mucho tiempo yo vivía con Atilio en un departamento que mi mamá me había comprado porque él dijo que el anterior lo deprimía y por eso no podía trabajar. No era para menos: en el departamento anterior había un ascensor parado desde haría unos setenta años, un vidrio se nos cayó y pusimos un cartón y nos dispusimos a llevar una vida nueva en otro más nuevo, más chico. Yo fantaseaba con arreglarlo a mi gusto, un poco de gusto debo haber tenido, pero no sabía cómo la gente llevaba a su casa todas esas cosas lindas que había por ahí. Fui muy prudente con los adornos porque Atilio los insultaba, los rompía o se tropezaba. Eso sí, llevamos del departamento anterior la camita donde dormíamos, que era de una sola plaza, pero yo veía esa incomodidad como si el destino me la hubiera deparado. A la noche, él venía de andar hasta tarde por ahí, con un cuento recurrente: que se había topado por la calle con un militar grandote, lleno de charreteras y él lo había vencido. Yo le decía "dormite" con cierta prudencia porque sabía el discurso que venía después: estaba referido a gentes mediocres que no comprenden el significado de una gesta heroica. Cuando yo iba a trabajar lo dejaba dormido y envuelto en un vaho de alcohol. Un día me puse muy diligente y dije: "Yo lo voy a ayudar para que se componga". Fuimos a ver a un médico, que le recetó vitaminas, pero hasta las vitaminas que le recetaban a él eran distintas de las del género humano: le recetó unas pelotitas marrones, como pequeñas albóndigas granulosas. También lo llevé a lo del psiquiatra —él le decía doctor Felpudo—. Y la entrevista también resultó distinta de lo que suelen ser. Atilio entró hablando fuerte y con voz pastosa y el doctor Felpudo le dijo:

—Shhh… usted se me sienta y se queda allí calladito.

Él obedeció, porque le tenía miedo a la policía, a los militares, a los médicos, a las madres de sus novias, a los perros y a los viajes. Él me dijo que para trabajar necesitaba un traje nuevo y no era cosa de desaprovechar la ocasión: mi mamá me dio la plata para comprar un traje en casa Muñoz, donde un peso vale dos, que venía con dos pantalones.

Él siempre iba de traje, camisa y corbata, jamás usó una campera o unos vaqueros, porque en el fondo él quería ser muy correcto, pero todo le jugaba en contra. Una vez trabajó unos meses en una compañía de seguros, y con algún criterio que desconozco, lo nombraron secretario del gremio y debía hacer las actas de reuniones. Pero era tanta la ansiedad que le producía anotar todo lo que se decía —porque no se acordaba después de la mitad de las cosas, según me contó— que tiró el libro de actas en el riachuelo. Y después tenía la ansiedad del posible castigo y la humillación de tener que mentir, porque dijo a sus compañeros que se le había perdido. Ahora bien, yo fui a casa Muñoz, con la seguridad del que cumple una función importante y él me esperaba en el bar de la esquina —siempre me esperaba en el bar de la esquina— mientras yo cumplía mis eficientes funciones. Yo no tenía un centímetro, así que llevé un hilo para medir el largo de los pantalones; con una vida tan agitada y llena de acontecimientos, un centímetro es un detalle irrelevante. No bien entré a esa hermosa tienda con vendedores tan elegantes, caí en la cuenta de que estaba haciendo algo incorrecto, pero yo no era de arredrarme y puse el hilo sobre el mostrador. El vendedor dijo:

—Pero esto... No puedo con esto. Que venga el interesado.

—Está en el bar de la esquina —dije yo con voz débil.

—Tráigalo.

Como si fuera fácil, tuve que convencerlo y me siguió aterrado hasta la tienda. En la puerta había dos vendedores altos, muy bien vestidos, de arrogante prestancia. Atilio era muy delgadito, sus ropas estaban ajadas y miraba la tienda y los gigantes como quien no puede creer en lo que ve. Le tomaron las medidas dos de esos vendedores enormes y prestigiosos, en un rincón, y cuando salimos, uno de los gigantes, que era como un custodio de la puerta, le dijo:

—Tiene que comer más, muchacho, está muy delgadito

Pero tuve que volver otra vez a la casa Muñoz porque se arruinaron enseguida los dos pantalones. El primer pantalón desapareció no sé dónde y el segundo había atravesado mil guerras, tenía adheridas unas cosas extrañas, pegajosas, parecía masticado y estaba roto. Yo pensé:

"Voy a llevarlo para que se lo arreglen". El vendedor lo miró y dijo, dubitativamente y consternado, tratando de no tocarlo:

¡Pero esto! ¿Cómo se le pudo haber roto así?

—No sé, dije muy afligida por mi ignorancia.

—No, no tiene remedio –dijo.

"Qué lástima", pensé, mientras él esperaba en la casa cubierto con la frazada, ya que no me pudo acompañar porque no tenía pantalones. Yo hubiera deseado que el vendedor levantara ese pantalón hacia la luz, aunque fuera con un palo, pero no hay palos en las tiendas, él lo agarraba con una uña de la botamanga. Para saber qué misterio insondable encerraban esos pantalones.

Fuente: El último lector - FM La Patriada. 

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