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El homenaje a Fontanarrosa en El último lector

Seba Ronchetti lee e interpreta el cuento "El General Romero", en homenaje a la narrativa de "El Negro". "Fontanarrosa apela a la caída en desgracia de sus personajes como la razón del 'injusto olvido' historiográfico, juego de verosimilitud que presenta el relato como voluntad de redimirlos y reclamar para ellos un puesto en la historia oficial".

El general Romero de Roberto Fontanarrosa – Una interpretación

En los relatos de los próceres fontanarrosianos encontramos un final de desabarranque que, no casualmente es el destino común de los históricos próceres americanos, Bolívar y Sucre, San Martín y Belgrano. La imagen de «El general Romero», caudillo olvidado, apergaminado y envejecido en el patio de su casa, mucho se acerca al Bolívar agónico o al viejo San Martín exiliado en Francia. Fontanarrosa apela a la caída en desgracia de sus personajes como la razón del «injusto olvido» historiográfico, juego de verosimilitud que presenta el relato como voluntad de redimirlos y reclamar para ellos un puesto en la historia oficial, una historia tan caprichosamente construida –tácitamente afirman estos cuentos–, que apenas un gesto abre o cierra el ingreso a ella.

Abandonados, olvidados, traicionados, también terminaron las principales figuras históricas de la etapa independentista. Siguiendo a Monsiváis, en la trama histórica oficial, la caída final parece consolidar –similar a los relatos clásicos– el carácter épico del devenir de los próceres. Ninguno de ellos siguió siendo líder de los procesos que desencadenó. En nuestras nacientes repúblicas esto es común denominador más que recurso narrativo. Las luchas de facciones por el poder tras la independencia, la ausencia de una estructura estatal sólida o de un proyecto político-ideológico realmente compartido fueron algunas de las causas por las que por décadas se mantuvieron a la deriva las nacientes naciones. Los héroes precursores no podían ser ajenos a esto.

Pero los relatos oficiales no solo no procuran quitarle significación a la caída de los héroes, sino que la recalcan. La narración histórica conmemorativa insiste en esa última traición y abandono, en ese desagradecimiento final, imperdonable.

«El general Romero», héroe de mil batallas a lo largo y ancho del continente, amante de mil mujeres, caudillo marcado para morir en la lucha como todos los caudillos –como Facundo Quiroga, como el Chacho Peñaloza– se marchita ante el abandono y el olvido de sus enemigos. Cuando cerca de 200 hombres llegan al rancho, el anciano parece revivir.

«Vienen a terminar con la leyenda y a ponerlo en la historia grande de los americanos», tiembla. «¿Es usted el general Romero?», le preguntan. «¡Soy el General Romero! –vibra el Viejo–. ¡Si me buscan a mí, ya me encontraron!». Tensión. Silencio. «¡Tata!»…»¡Somos los hijos que usted tuvo por todos los rincones de la América, que hoy venimos a celebrar su cumpleaños!». El padre, si no de la patria, de muchos de sus hijos, ha sido olvidado por ella. Patriarca sin gloria, convoca más por la sangre que por la gesta:

El viejo ya no escucha nada y apenas mira los presentes o toca los objetos como si le importaran, para no despreciar, para no hacer un desplante a sus muchachos. Tal vez está contento. No lo sabe. El Rengo y la muerte prometida no llegaron. No llegarán. Lo han olvidado. (Uno nunca sabe y otros cuentos, Roberto Fontanarrosa, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1993).

Fuente: El último lector – FM La Patriada. 

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