El fin de la larga noche neoliberal mexicana. Por Jaime Ortega* y Victor Hugo Pacheco**

El fin de la larga noche neoliberal mexicana. Por Jaime Ortega* y Victor Hugo Pacheco**

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jueves, 05 julio 2018
Ensayos

Las fuerzas democráticas y populares de la sociedad mexicana han logrado un triunfo histórico. La noche del 1 de julio del 2018 será recordada como una gran victoria: aproximadamente el 53% de quienes votaron (casi 30 millones) le dieron la victoria a Andrés Manuel López Obrador. A diferencia de las dos elecciones anteriores, marcadas por campañas negras, movilizaciones juveniles y un gran encono social, la de este año pareció más bien tersa: el candidato triunfante administró su ventaja, evitó confrontaciones y lanzó una campaña moderada, pero esperanzadora. De principio a fin AMLO lidereó todas las encuestas, construyo grandes alianzas (incluso algunas verdaderamente inverosímiles hace algunos años) y se mantuvo intacto de los ataques.

La persistencia de su liderazgo se vio favorecida por la ruptura al seno de las clases dominantes. El bi-partidismo de derecha rompió la alianza que mantenía desde 1988 y ello permitió que una opción de izquierda que al ceder ante el centro ganó un mayor espacio, incluso más del que muchos imaginaban a principio de año. El resultado final es aplastante, la victoria es categórica: la presidencia, varios gobiernos provinciales –entre ellos los de Veracruz y la Ciudad de México, social y económicamente muy importantes–, además de mayoría legislativa. Sus enemigos quedaron reducidos a sus mínimos históricos: la derecha del Partido Acción Nacional y su aliado menor el socialdemócrata Partido de la Revolución Democrática apenas y serán una segunda fuerza significativa, en tanto que el Partido Revolucionario Institucional aspira a ser una reducida quinta fuerza legislativa.

Los tres primeros años serán cruciales, pues AMLO contará con la mayoría legislativa para gobernar, en tanto que sus enemigos, confundidos, derrotados y confrontados entre sí gastarán sus fuerzas en rearmarse: lo que viene es un periodo de trifulca por quedarse con las estructuras partidarias, los recursos locales y la exclusión de contrincantes. Para la izquierda esto es un verdadero sueño, imposible de ser pensando en las contiendas de 2006 y de 2012.

Muchas son, sin embargo, las tareas urgentes e inmediatas para el nuevo gobierno. La primera de ellas es la lograr pacificar el país y detener la espiral de violencia que inició en el gobierno de Felipe Calderón hace 12 años y que continuó en un ascenso dramático durante el de Peña Nieto. El infierno mexicano, marcado por la violencia, los asesinatos, la desaparición forzada, continuó hasta el día de la elección, donde numerosos candidatos de distintos partidos fueron asesinados. A AMLO se le presenta como una tarea urgente cambiar la estrategia de militarización, pero al mismo tiempo reducir los altos índices de inseguridad, principal demanda del grueso de la sociedad.

Además de esta, simbólicamente es importante que AMLO se posicione frente al Congreso Nacional Indígena y el Ejercito Zapatista; es decir, que cumpla los acuerdos que favorecen a los múltiples pueblos indígenas. Si bien esto no aparece en su programa como algo urgente, este es un paso necesario para reconocer a México como un país pluri-nacional. Ello, además, porque atrás del reconocimiento de dichos derechos se juega la posibilidad de frenar el despojo territorial que ha sido brutal en la última década. Enfrentar a las grandes compañías que saquean el territorio (alrededor del 30% del territorio nacional se encuentra concesionado a alguna trasnacional) es también otra urgencia: ahí, sin duda, el conflicto asoma como una posibilidad permanente.

Para la guerra, el despojo y dar apertura a los pueblos indígenas es sin duda el lado más activo en el que la sociedad participará y se movilizará. Es ahí donde AMLO podrá encontrar respaldo popular y una activación de sujetos sociales diversos. Es, en cambio, en el tema económico donde no se vislumbran grandes cambios. Su primer discurso como presidente electo marca esta tendencia: autonomía para el Banco Central, variables macroeconómicas manejadas “técnica y no ideológicamente”; así, la esperada redistribución de la riqueza –en un país de 50 millones de pobres– no vendrá por un golpe de timón en la economía. Es el horizonte más limitado de su programa, en donde frenar la corrupción y contener el privilegio de los funcionarios –en un país donde varios exgobernadores se encuentran en la cárcel– se presenta como el reservorio de recursos para activar la economía interna y aumentar el consumo de sectores castigados en los últimos años.

En la economía se encuentra el punto débil: para la izquierda radical no es otra cosa que la administración de las finanzas, en tanto que para la derecha neoliberal se trata de una propuesta que contraviene los dogmas del libre mercado. Lo cierto es que el combate a la corrupción tiene un sentido más político que económico. Para AMLO desmontar el antiguo régimen implica terminar con el uso discrecional del dinero y con la ruptura de los vínculos más evidentes entre empresarios y los onerosos contratos otorgados por el Estado. Será aún un misterio saber si logrará avanzar en ello y sobre todo el cómo lo hará.

Los tres años, como decíamos, serán cruciales. En ellos se jugará la estabilidad de las alianzas construidas –sobre todo con el partido evangélico y con personalidades típicamente liberales– y si ellas puedan soportar las tensiones que se avecinan. Se jugará también su capacidad de des-organizar aún más a sus enemigos, subordinándolos a las iniciativas del gobierno, pero sobre todo para insistir en la necesidad de la participación popular como mecanismo de decisión sobre grandes temas (de ahí el fantasma del “populismo” en su clave mass-mediática).

México ha dado un gran paso, por la vía electoral la sociedad rechazó tajantemente al régimen actual y premió a un liderazgo popular que se mostró capaz de ceder y esperar: el tiempo de la política muestra que tiene un ritmo propio, cuya densidad sólo ha sido captada por el liderazgo del próximo presidente. La larga noche neoliberal mexicana, que se recrudeció trágicamente en 2006 cuando la “guerra” contra el narco inició, finalmente avizora su salida. Estos tres primeros años serán de un amanecer complejo, lleno de vicisitudes. A pesar de ello, la coyuntura que inicia permitirá, finalmente, que las fuerzas democráticas de la sociedad aspiren a determinar al Estado en una clave nacional-popular.

Unos días antes de la elección, el historiador Carlos Illades publicó un artículo en el New York Times[1] en donde define a AMLO como la expresión de una “izquierda conservadora”. Efectivamente, tanto las alianzas como buena parte de su programa aparecen tensionados, por un lado, un intento de atender la pobreza y la marginalidad, por el otro una desconfianza en torno a los nuevos derechos. La definición de qué es lo que prevalecerá en el nuevo gobierno, sin embargo, no la tiene el líder: será la capacidad de las expresiones democráticas y populares de la sociedad lo que ponga un tope a los centristas y conservadores que ganaron tanto espacio durante esta campaña. Una nueva batalla, con varios frentes, se avecina y en ellos se juega que un siglo después de finalizada la etapa armada de la revolución, México vuelva a trazar el camino a seguir de las transformaciones sociales en el continente.

 

*Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México.

**Universidad Nacional Autónoma de México. Integrante del comité editorial de la Revista Memoria.

Ilustración: Diego Rivera, El hombre en la encrucijada.

Notas

[1] https://www.nytimes.com/es/2018/06/27/opinion-illades-lopez-obrador-izquierda-elecciones-mexico/

FM La Patriada

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