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«El estado permanente en que se desenvuelven los gobiernos populares es un ataque destituyente constante»

Lo afirma el filósofo y ensayista Alejandro Kaufman. Entrevistado por Ramiro Parodi, reflexiona sobre las circunstancias del golpe de estado en Bolivia, la herencia postdictatorial, el debilitamiento del pensamiento crítico, la banalización de la democracia y los desafíos de los gobiernos populares en la actual coyuntura latinoamericana.

Por Ramiro Parodi*

RP: ¿Qué es un golpe de estado? ¿Cuáles son las evidencias para reconocerlo? ¿Cómo fue posible un golpe de estado en un país que sin lugar a dudas no tenía una crisis económica y que es muy discutible que tuviera una crisis social? No pretendemos definiciones de diccionario sino una respuesta desde la sensibilidad política.

AK: El tipo de discusión que se produjo en relación con el golpe de Estado de Bolivia no tiene relación con un intercambio conceptual alrededor de lo que define tal situación ni las respectivas evidencias, que son y fueron abrumadoras. La discusión procede de una pretensión de las derechas de acreditar la legitimidad institucional democrática en relación con rasgos formales mínimos que resultan una burla frente a los acontecimientos, sin perjuicio de que haya habido posiciones disidentes que aceptaran esa conversación (no creo que haya que cargar las tintas al respecto). Todos los golpes de estado que hemos padecido históricamente volcaron sobre los gobiernos derrocados la causalidad de las acciones de las que estos fueron víctimas, y todos instalaron algún tipo de institucionalidad con pretensiones de plausibilidad.  Tampoco es nueva la presencia de opositores por izquierda a gobiernos derrocados que ante golpes de estado mantienen su consecuencia con los antagonismos precedentes al golpe. Lo más conmocionante de la actual coyuntura es que después de un lapso significativo en que tuvieron su oportunidad gobiernos democrático populares atravesamos ahora un giro conservador global y regional que viene con un ímpetu de gran magnitud y tiñe discusiones y posiciones de relativismos y ambigüedades frente a las cuales se nos impone afirmar posiciones de defensa de gobiernos populares.

Por otra parte, también está pendiente con qué intensidad y argumentos confrontar las condiciones por las cuales a todos los gobiernos populares se les enrostra el propósito de permanecer por encima de la legitimidad institucional frente a la alegada premisa de la “alternancia” sin tener en cuenta que en nuestros países gobiernos populares significan redistribuciones de riqueza ante las cuales las clases dominantes se auto perciben o auto describen como despojadas por dictaduras de una mayoría eventualmente circunstancial y entienden como alternancia recuperar lo que consideran perdido, volviendo al punto anterior de la redistribución o aun a períodos anteriores de exención de derechos. Los liderazgos populistas son en nuestro continente la forma histórica en que las multitudes acreditan un compromiso redistributivo y se afilian a figuras encarnadas en personas que les inspiran eso que se llama “confianza” y que pareciera solo válido para el mundo de los negocios y las inversiones. Los capitalistas tienen sus formas de acreditar compromisos con el resultado de que requieren la destitución de los líderes populares que les disputan la renta. El argumento que reduce la cuestión a las voluntades de permanencia es una falacia, no porque los líderes estén exentos de abusos de poder o burocratización sino porque no es esa la razón a la que se circunscribe tal presunta crítica.

En todo caso una continuidad institucional democrática demanda un piso redistributivo que las clases dominantes se niegan consuetudinariamente a suscribir, y respecto del cual los países ricos dan por sentado que la periferia es y será eternamente pobre, por lo cual solo se movilizan frente a genocidios o atrocidades cometidas por gobiernos de derecha, legítimos o ilegítimos, en la medida en que resulte insoportable prestar tal apoyo para la sustentabilidad del capitalismo (sin perjuicio de las inconsecuencias y contradicciones con que lo hacen). Tales reacciones tienen lugar siempre sobre los cadáveres y poco sirven de prevención. Las chácharas preventivas de algunas ONG son retóricas poco permeables a las evidencias. De manera que la permanencia en el poder es un problema que no debería considerarse si no es sobre el reconocimiento de las condiciones que le dan lugar y que suponen una discusión estratégica sobre la lucha de clases que estructura el devenir histórico. Habrá que insistir en ello, o levantar una nueva agenda para discutir la legitimidad política: las multitudes representan en los liderazgos el compromiso con la defensa de sus derechos, encuentran resguardo en personalidades de la perseverancia que requiere la defensa de los derechos adquiridos.

La persona que lidera es en quien confían, no quien los somete. Desde luego que tal configuración no está exenta de problemas de poder y libertad. Pero el discurso de la alternancia desconoce tal condición de compromiso progresivo y políticamente emancipatorio sobre la base de argumentos aparentemente legítimos que, de hecho, conducen a favorecer la redistribución regresiva. Este aspecto parece resultar del todo indiferente a los defensores de la alternancia, que solo terminan legitimando regresiones por lo general catastróficas de las condiciones de vida populares. Puede no ser ideal este orden de cosas, pero la alternancia forma parte del problema, y el liderazgo es una sola forma de proceder conocida. Si la alternancia fuera la verdadera razón por la que se cuestiona la permanencia de los liderazgos solo bastaría con institucionalizar de modo consistente los derechos adquiridos, falencia de la que siempre se culpa a los movimientos populares y no a quienes los destituyen.

RP: ¿Crees que la “confusión” por la definición de Golpe de Estado se debe a un empobrecimiento de la crítica? ¿Cómo es posible que cueste tanto ver que se trata de un Golpe de Estado cuando tiene todos los rasgos de uno? ¿Cómo analizás el rol de la crítica? ¿Es el “pero” un modo de justificación o simplemente una posición “progre” que busca forzar un “decir incómodo” para prestigiarse?

AK: Asistimos a un horizonte en el que el supuesto del capitalismo como única opción existencial y la emergencia de discursos de odio que producen enfrentamientos horizontales en las bases sociales, entre otras causas, dan forma a un estado de distorsión cognitiva que vuelve inocuo el debate, consistente en intersticios que los medios hegemónicos administran para dar a entender que son pluralistas de modo tal que el saldo es el reforzamiento de las prácticas capitalistas, de competencia, meritocracia, simetría entre intereses incompatibles, supuestos de libertad de expresión que no se modifican, reducción de la institucionalidad democrática a versiones mínimas inocuas que puede coexistir con creciente miseria, indignidad y hambre masivas. En esas condiciones quienes procuran sobrevivir en la esfera pública como actores y actoras políticamente viables se ven (creen verse) en la obligación de aceptar reglas de juego de miseria para la acumulación política. Tales circunstancias solo pueden ser contrarrestadas por las movilizaciones populares ya sea por goteo y en forma constante o bajo la forma de estallidos masivos. Parece ser esa la única forma, y es lo esperable si se atiende a la historia social, de torcer el rumbo trazado por los poderes capitalistas globales.

RP: En tu libro (Golpes) decís: “No han fenecido los golpes de estado perpetrados por los militares. Se han deslegitimado sus ejecutores, pero los lenguajes que ellos crearon, junto a sus compañeros de ruta, evolucionan con lozanía en nuestros días” ¿Fue esto lo que ocurrió en Bolivia? Es decir, ¿un proceso (el del MAS) que interrumpió los golpes de estado hasta que la evolución de la normalidad golpista boliviana encontró la ventana por la cual entrar? Esa “ventana” sería el paso de la obtención de un 61,36% de votos en 2014 y un 47,08% en 2019.

AK: La cita refiere a algo todavía precedente que hace posible una situación como la de Bolivia, que es el constante socavamiento moral que las oposiciones antipopulares ejercen contra los gobiernos redistributivos. Instalan atmósferas irrespirables que pueden anteceder a diversas formas destituyentes. Diría que el estado permanente en que se desenvuelven los gobiernos populares es un ataque destituyente constante para el que se usan todos los recursos disponibles e imaginables, legales, semi legales, ilegales y cuasi legales. Los logros alcanzados en un sentido de adquisición de derechos se mantienen perpetuamente en vilo y cualquier análisis incisivo nos hará ver la precariedad en que se desenvuelven. García Linera describió tales circunstancias como olas recurrentes y pendulares, y lo cierto es que más allá de los devaluados discursos que nos habitan, lo constatable es la recurrencia de tal drama de ascensos y caídas. La afirmación de la cita era una advertencia acerca de lo que ya sucedía en el sentido de la insistencia destituyente, cuyo corolario esperable es lo que acontece y no está exento de proseguir o empeorar.

RP: ¿Qué resonancias encontrás entre el golpe de estado en Bolivia y los golpes de los 70´donde el golpe de Banzer a Torres fue el primero del Cono Sur? ¿La vigencia de esta modalidad (el golpe de estado) da cuenta de que el “retorno de la democracia” fue el nombre que se le dio a la victoria de los gobiernos de facto?

AK: Los gobiernos dictatoriales y genocidas de aquellas décadas tuvieron éxito, mediante el terrorismo de estado, en sofocar y empujar al olvido a los movimientos populares radicalizados de aquellos años. Han logrado instalar en una parte importante de la población un sentido común de repudio hasta a las memorias de aquellas experiencias. Cualquier indicio de conmemoración que se distinga del repudio y la criminalización acrítica desencadena un coro cuyo guión es la descalificación, el olvido, el negacionismo, el rechazo frontal y acrítico, con gran agresividad poco coherente con lo que se pretende sostener (que viene a ser siempre el diálogo, la convivencia, la concordia). Parece que solo el ajuste que pone a prueba la paciencia de las multitudes hasta extremos insoportables es lo que hace posible detener la continuidad de aquellas derrotas populares y mover el péndulo de la historia social. Ahora los llamados golpes proceden de nuevas formas que parecen más atenuadas en comparación con aquellas. Esto sucede en parte porque todavía no los hemos visto evolucionar. Día a día encontramos condiciones aun peores que aquellas porque ahora parecen tener más éxito en sostener apariencias de legitimidad institucional. Habrá que insistir de todos modos que a los poderes imperiales tales apariencias les pueden ser convenientes pero en última instancia sostienen lo que satisfaga sus intereses y les importa poco la institucionalidad.

Hay que tener una mala fe o ingenuidad extremas para no ver esto e insistir en la “democracia” estadounidense, ya relativamente discutible en su propio dominio, pero nunca efectivamente irradiada hacia la periferia. Se están poniendo a prueba grandes logros de los movimientos de derechos humanos respecto de algunos alcances logrados por la juridicidad internacional cada vez que afloran nuevas atrocidades, arrancamiento de ojos, profanación de funerales, delimitación segregatoria de multitudes ya sea mediante la represión directa o por medios simbólicos y mediáticos, denegación de asistencia médica a personas lesionadas por la represión, agresiones, intimidaciones y violencia letal directa ejercida por fuerzas armadas contra civiles que protestan pacíficamente. Los movimientos e instituciones de derechos humanos están sometidos a un proceso de deslegitimación y socavamiento que los empuja a escalones más básicos del humanitarismo, anteriores a la segunda mitad del siglo pasado.

RP: La salida de las dictaduras implicó una suerte de pacto tácito sobre principios de la democracia que iban más allá de las elecciones. Me refiero, por ejemplo, a un marginal rol de las fuerzas armadas en la cotidianeidad de la sociedad ¿Crees que eso ya está roto? ¿Alguna vez existió ese pacto? ¿Es la izquierda la que lo intenta conservar y la derecha la que permanentemente rompe el pacto?

AK: Efectivamente, la represión y el control social por los medios que consideren más convenientes son una premisa decisiva de las derechas, no importa cuán democráticas sean designadas o si el vector conservador apunta a actitudes extremas y sistemáticas de violencia represiva o a modalidades que se pretenden moderadas pero consienten de hecho con las premisas que los constituyen. Ninguna izquierda crítica populista o no populista puede admitir a las derechas y al capital como pares simétricos de una convivencia democrática porque las significaciones estructurantes de tales colectivos sociales son inconmensurables. No hay paridad entre capital y trabajo, ni entre propiedad privada de los medios de producción y desposesión. El problema reside en la participación política en marcos institucionales de convivencia en la que de hecho se procede de modos concesivos, cosa que no ha sido ajena a ningún gobierno popular desde que en el mundo ha prevalecido el capitalismo a partir de su existencia misma. Se trata de someter a crítica el discurso de la derecha que difama y culpabiliza a toda oposición de izquierda. El debate ideológico es siempre sobre el punto óptimo entre concesiones políticas y perseverancia en las caracterizaciones estructurales. La pérdida de la conciencia sobre las condiciones estructurales y la inmersión en un discurso democratista banal forma parte de la derrota. Tal discurso banal es abonado por amplios sectores sociales, políticos e intelectuales.

RP: ¿Qué lugar tiene el racismo en este conflicto? ¿Es el racismo el nombre del conflicto? García Linera dijo recientemente: “El odio racial es el lenguaje político de esta clase media tradicional.” El vicepresidente de Bolivia también habló en reiteradas oportunidades de una necesidad de “transformar el sentido común” ¿Es posible una práctica política de izquierda e igualitaria que desarme este núcleo duro racista que parecería ser eterno? La sensación es que cada decisión a favor de las mayorías parecería consolidar esa pulsión racista.

AK: El fondo estructurante de la cuestión es la configuración de delimitaciones infamantes de la subalternidad. Al suprimirse la esclavitud, que tenía un carácter performativo, es decir, no requería un esfuerzo de construcción de fronteras simbólicas, dado que se establecían de hecho y de derecho con discursos ideológico teológicos que no tenían réplicas significativas, así, desde que se abolió la esclavitud hubo que delimitar de nuevas formas las justificaciones para hacer viable la desigualdad. Ese es el papel que tiene el racismo en la modernidad. Es post-emancipatorio. Es una reacción que hace posible recuperar posiciones perdidas por el sojuzgamiento como consecuencia de las revoluciones igualitarias. En momentos de crisis se exacerban, pero lo cierto es que desde que emergieron perseveraron en sus conatos, en mayor o menor medida, pero siempre en forma recurrente. Lo que llamamos democracia consistiría en volver minoritarios esos conatos, incluso en declarar ilegales a los más extremos. Transitamos un período regresivo. Como siempre que se producen condiciones catastróficas la pregunta vuelve del mismo modo ¿cómo llegamos hasta este punto? ¿Cuáles fueron las condiciones que lo hacen posible? ¿Qué advertencias fueron y son desoídas?

RP: En tu libro (Golpes) decís que el Proceso (argentino) “pretendía crear las condiciones de una democracia” y también que “resulta inconmensurable que tales horrores (los de la dictadura) tuvieran como destino la defensa de la democracia, en lugar de la defensa de un proyecto totalitario” ¿Cómo se relaciona esta problematización con la justificación del Golpe de Estado en Bolivia? ¿Cómo es posible que una dictadura salve a Bolivia de un “caudillo que quiere eternizarse en el poder”? ¿Hay un puente roto (como diría Sergio Caletti) entre las dictaduras de los 70´y este golpe que hacen que este discurso tenga condiciones de enunciabilidad favorables y, por lo tanto, una legitimidad que configure un mundo?

AK: Aquellos golpes tenían apoyos que no eran tan diferentes de los actuales. La diferencia no reside en sus propósitos ni en sus alegaciones sino en que ahora los apoyos se contabilizan y acceden al orden representacional, por lo que la apariencia, a diferencia de aquellos, es la de sociedades partidas entre propósitos progresivos y regresivos. Lo que antes era consentimiento tácito ahora es apoyo institucionalmente legitimado. Los que antes eran genocidios ahora son represiones multitudinarias de menor intensidad en comparación y de menor gradiente de clandestinidad. Los que antes eran apoyos globales tardíos frente a crímenes de lesa humanidad ahora es indiferencia y justificación de lo que hacen las derechas, mientras los organismos internacionales de derechos humanos estás reducidos a sus mínimas expresiones cuando no distorsionados y hasta a veces a favor de los represores, de modo más o menos encubierto. Las luchas por la emancipación no se beneficiarán meramente de repetir banalmente el discurso de la institucionalidad democrática, sino que requerirán renovar una lucidez crítica compartida en forma multitudinaria que hoy se encuentra en una situación crepuscular con excepciones importantes tales como las grandes movilizaciones populares y en particular los movimientos de mujeres y disidencias de género.

Brotan respuestas emancipatorias frente a las cuales, como ha sucedido recurrentemente en la historia, quienes trabajan con el pensamiento, las ideas, la ciencia, están de hecho en gran número del otro lado. Se ha debilitado cuando no perdido un supuesto de progresividad de intelectuales, académicos, artistas, trabajadores de la cultura que fue sentido común hasta hace relativamente poco. Hoy la derecha ha perforado los muros que durante cierto tiempo reprodujeron un mínimo de coherencia, y también en este terreno encontramos desdobladas las representaciones sociales. Una escena que nos retrotrae a épocas remotas, anteriores a las generaciones actualmente vivientes. Sin embargo, algo que resulta alentador es ver que las nuevas generaciones más jóvenes, para quienes es más remota la experiencia de los terrorismos de estado que no vivieron, están en una ebullición emancipatoria de nuevo tipo con mucho vigor y creatividad y nos renuevan las esperanzas. Esas nuevas generaciones nutren los actuales levantamientos. Nos encontramos ante escenarios de lucha y resistencia, de creación social colectiva. La historia no encontró su fin.

  • Licenciado en Comunicación, docente, investigador.

Ilustración: Carlos Alonso, Manos anónimas

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