Deuda: mecanismo de desposesión y gobierno. Por Matías Saidel*

Deuda: mecanismo de desposesión y gobierno. Por Matías Saidel*

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domingo, 27 mayo 2018
Ensayos

En las últimas dos décadas hemos visto proliferar abordajes del neoliberalismo que en muchos casos han corrido por vías paralelas, permaneciendo casi incomunicadas. Dos de estas vías son, por un lado, las que ponen el acento en las nuevas formas de acumulación de capital a las que da lugar el neoliberalismo, por ejemplo a través de la desposesión y el extractivismo, y, por otro lado, las que explican al neoliberalismo como una racionalidad gubernamental que produce un nuevo tipo de subjetividad a partir de las nuevas formas de gestión de la fuerza de trabajo, mediante las promesas del marketing y de todos aquellos dispositivos de incitación que dan lugar a una empresarialización de la existencia. Sin embargo, la brecha entre ambos tipos de caracterizaciones ha sido cerrada en los últimos años por diversas perspectivas teóricas, entre las cuales destacaremos aquí los trabajos de Maurizio Lazzarato sobre la deuda como dispositivo de extracción de valor y producción de subjetividad. En efecto, desde dicha perspectiva, la deuda no es simplemente una relación económica sino un dispositivo de dominación que permite el gobierno de las poblaciones y la producción de un sujeto moralmente culpable y precarizado, que en el capitalismo neoliberal debe adoptar un ethos empresarial.
En realidad, el dispositivo de la deuda como tal es antiquísimo porque, como muestran las investigaciones antropológicas de David Graeber -que desmiente el mito del trueque sobre el que se funda la economía liberal- los intercambios económicos siempre han implicado la producción de deuda y ello se ve profundizado con la invención de la moneda, donde siempre existe una autoridad armada a la que se debe reembolsar. La moneda no es simplemente un medio que facilita nuestra propensión natural al intercambio sino también deuda, es decir, un dispositivo de regulación y control de las conductas que nos obliga a trabajar, a producir valor, para el reembolso. De hecho, cuando un banco emite dinero, siempre está emitiendo deuda. Pero, como decíamos, el rol de la deuda no se reduce a su aspecto económico. Nuestras propias ideas morales y la autoconciencia derivarían de la deuda. Como recuerda Lazzarato, siguiendo a Nietzsche, la propia noción religiosa y moral de culpa (Schuld) deriva de las deudas (Schulden). La deuda/culpa entonces produce una captura de los posibles, en la medida en que, junto con otras mnemotécnicas de la crueldad aplicadas sobre los cuerpos de los deudores, crea al hombre como un animal capaz de prometer y de crearse una conciencia y una memoria del futuro. Una vez sometida a los imperativos de la deuda, la existencia en su totalidad debe organizarse con vistas al reembolso pues el incumplimiento siempre se paga con sangre y a veces con la vida misma. Por eso mismo, en la antigüedad era común la esclavitud por deudas o incluso la esclavización de los miembros de un pueblo vencido en la guerra, ya que le debían la vida al vencedor que no los había matado. Por eso también existía entre los antiguos judíos cada 50 años el jubileo, que implicaba hacer borrón y cuenta nueva.
Si bien la deuda siempre ha supuesto la dominación del acreedor sobre el deudor, esta ha adquirido un rol inusitado en nuestras vidas con la financiarización del capitalismo de las últimas cuatro décadas. Como sabemos, en 1971 Nixon declara la inconvertibilidad dólar-oro, desanclando la emisión de moneda de cualquier sujeción a una garantía tangible, dejando flotar libremente las monedas. A partir de allí, con la liberalización progresiva de las finanzas, comienzan a desarrollarse una serie de innovaciones financieras que llegan hasta los mercados de futuros y de derivados de nuestros días. Otro proceso que se inicia un poco más tarde tiene que ver con el rol preponderante de la deuda en nuestras vidas, algo que primero se dio a nivel global en el ámbito público, desde fines de los ’70 y luego se hizo masivo en el ámbito privado, en las últimas dos décadas. En efecto, sabemos que la estanflación de los ’70 y la disponibilidad de una gran liquidez por parte de los bancos norteamericanos donde se depositaron (bajo amenaza) los dólares generados por la suba de los precios del petróleo de la OPEP en 1973 hizo que muchos países del tercer mundo recurrieran al crédito externo para financiar sus déficit. Durante esos años, las tasas de interés reales habían sido negativas, pero en 1979 se produce la suba de las tasas de interés por parte de la FED conocida como shock Volcker, que fue el detonante de la crisis de la deuda de los 80 en varios países latinoamericanos y africanos. De hecho, México fue quizás un caso testigo de cómo la deuda podía ser un mecanismo utilizado por la nueva ortodoxia neoliberal del FMI, del Banco Mundial y del Tesoro de los EEUU, para obligar a los países endeudados a introducir reformas neoliberales a cambio de refinanciar las deudas. Las medidas que fueron introducidas progresivamente en México a partir de 1984 y luego en el resto de América Latina, algunas de las cuales ya habían sido ensayadas en el cono sur, implicaron siempre ajustes estructurales que contenían medidas como: privatización de empresas y servicios públicos, liberación de las tarifas, apertura comercial y financiera, baja de impuestos a las corporaciones, reducción del salario real y del empleo público, devaluación de la moneda, etc. Si bien la justificación que se daba y se sigue dando para tomar estas medidas pasa por mejorar la competitividad de las naciones y generar un ciclo de crecimiento que favorezca la reducción progresiva de la deuda y, a la postre, una mejora de la calidad de vida, el efecto siempre ha sido el contrario: recesión, destrucción del aparato productivo, aumento estrepitoso del desempleo, la pobreza y la desigualdad, concentración económica, aumento de los precios de bienes básicos, menor capacidad de recaudación del Estado, mayor déficit relativo, y necesidad de recurrir a más endeudamiento para cubrirlo, hasta que ni los organismos multilaterales prestan dinero y la situación estalla tanto a nivel financiero (cesación de pagos, confiscaciones de ahorros) como social. Ninguna de estas cuestiones es novedosa para los argentinos, que no solo hemos pagado ya varias veces la deuda externa mientras su monto no deja de incrementarse, sino que enfrentemos un nuevo ciclo de sobreendeudamiento y ajuste con resultados lamentablemente previsibles.
Frente a ello, uno podría preguntarse ingenuamente por qué si estas políticas siempre han fracasado, se siguen aplicando en países como Argentina o Grecia hace poco. El marco teórico aquí explicitado invita a pensar que estas políticas no han fracasado. Por el contrario, han sido muy exitosas para las minorías cada vez más exiguas y poderosas que controlan la economía mundial tanto a nivel financiero como a nivel de nuestras vidas. De hecho, el problema de la deuda no es solo argentino (más allá de las especificidades y la gravedad de la situación en nuestro país, que es el país emergente que más deuda tomó a nivel mundial en los últimos dos años), sino que es un problema global. Un problema que concierne a las deudas públicas pero también a las privadas, ya que con las políticas de ajuste neoliberal, los estados han privatizado o concesionado muchos de los servicios que eran universalmente accesibles como la salud, la educación, saneamiento, e incluso aportes jubilatorios. Cuando todo eso se mercantiliza, en un marco de caída del salario real, la brecha entre ingresos y necesidades se salda con deuda. En ese sentido, bajo la premisa de que cada uno es el responsable exclusivo de su suerte, los derechos sociales fueron reemplazados por el derecho a endeudarse. En efecto, vivimos en una situación de precarización laboral y existencial donde al mismo individuo se le dice, por un lado, que debe consumir cada vez más pero, por otro, debe aceptar condiciones de trabajo precarias y mal pagadas. La deuda viene a cerrar esa brecha.
En ese marco, la política fiscal de los Estados neoliberales ha sido un elemento decisivo en la transferencia de ingresos desde los sectores sociales y países más pobres a los grandes acreedores, puesto que en gran medida los estados se han endeudado por la baja relativa en la recaudación fiscal producto de la baja de impuestos a las grandes fortunas. Por poner un solo ejemplo, durante la presidencia de Reagan en EEUU los impuestos máximos a la renta bajaron del 70 al 28%. Desde entonces, países y regiones compiten para ser fiscalmente atractivos para capitales que pueden circular libremente, generando enormes desequilibrios macroeconómicos. En el ámbito transnacional, Harvey afirmaba hace 10 años que hasta esa fecha, a través de la deuda con los bancos del primer mundo, se habían transferido 50 planes Marshall desde los países más pobres a los más ricos.
Por eso Warren Buffett, el tercer hombre más ricos del planeta, no ha dudado en afirmar que la clase social a la que pertenece está ganando ampliamente la lucha de clases y también señala que el Estado debería dejar de mimar a los ricos, por ejemplo a través de bajas sistemáticas de impuestos a los sectores de mayores ingresos y capital.
Paradójicamente entonces, mientras las ciencias sociales hegemónicas han renunciado a pensar en algo tan básico como el conflicto de clases, al cual vemos operar cotidianamente en cosas tan básicas como bajar las retenciones a los sectores primario-exportadores a la vez que la inflación deprime el salario real, el oráculo de Omaha nos recuerda, al igual que Lazzarato, que las finanzas y, más específicamente, la economía de la deuda, es el dispositivo clave de control de nuestras vidas a través del cual se dirime hoy la lucha de clases. De hecho, si la deuda implica una captura de los posibles, si lo único seguro es que en el futuro debemos reembolsar nuestras deudas, si nuestros ahorros, aportes previsionales, salud, educación, etc. pasan a estar sujetos a los vaivenes de los mercados financieros y a las evaluaciones de las agencias calificadoras que son parte del bloque de poder neoliberal, entonces se vuelve claro por qué, como señalara Jameson, podemos imaginar el fin del mundo pero no el fin del capitalismo.
En ese marco, para Lazzarato lo que nos obliga a comportarnos como un capital que debe ser administrado de manera eficiente (capital humano) y adoptar un ethos empresarial –aquello que se suele reconocer como aspectos clave del gobierno neoliberal de las conductas- es la condición de precariedad existencial a la que nos condena la deuda.
En la economía de la deuda, llegar a ser capital humano o empresario de sí mismo significa […] hacerse cargo de la pobreza, el desempleo, la precariedad, los ingresos mínimos, los bajos salarios, las jubilaciones cercenadas, etc., como si fueran «recursos» e «inversiones» del individuo que deben administrarse como un capital, «SU» capital. Según se advierte hoy claramente, los conceptos de «empresario de sí mismo» y «capital humano» deben interpretarse a partir de la relación acreedor-deudor, o sea, la relación de poder más general y desterritorializada merced a la cual el bloque de poder neoliberal gobierna la lucha de clases.
Siguiendo esta línea, Alliez y Lazzarato sostienen que la deuda es una de las formas más destructivas que adquiere la guerra en nuestro presente, algo que los manifestantes griegos reconocían de algún modo en las protestas de Plaza Syntagma. De hecho, esta tesis es compartida por dos coroneles de la aviación China, Qiao Liang y Wang Xiangsui, que señalaban hace algunos años que las guerras financieras (no sanguinarias) pueden ser más destructivas que las guerras convencionales (sanguinarias). Por eso, para Alliez y Lazzarato, la matriz de las guerras contemporáneas sería la guerra colonial:
una guerra en y contra la población, donde las distinciones entre paz y guerra, entre combatientes y no combatientes, entre lo económico, lo político y lo militar nunca tuvo lugar. La guerra colonial en y contra las poblaciones es el modelo de guerra que el Capital financiero ha desatado a partir de los años 1970, en nombre de un neoliberalismo combativo. Su guerra será a la vez fractal y transversal.
Como vemos, lo que está en juego con la deuda no es solo un problema económico, sino también y fundamentalmente político y estratégico. El endeudamiento público y privado es efecto directo de toda una serie de medidas tomadas por Estados que se han dado como tarea someter todos los ámbitos de la existencia a la lógica del mercado y de la competencia. Con un nivel de deuda global (familias, empresas, estados) que supera en 3,2 veces el PBI global (algo impensado hace unas décadas atrás), estamos inmersos en un mecanismo de deuda infinita e impagable, que, junto con otros dispositivos estratégicos para la gubernamentalidad neoliberal, busca someter de antemano todas nuestras decisiones a la lógica costo-beneficio, a comportarnos como empresarios y capitalistas sin capital y, por ende, a la reproducción ad nauseam de lo existente. En definitiva, si el capitalismo neoliberal se plantea como un horizonte frente al cual no hay alternativa es porque a pesar de sus resultados catastróficos en lo que hace al desarrollo, el bienestar social, la sostenibilidad ecológica o la equidad, logra no solo someternos a la norma generalizada de la competencia sino también capturar anticipadamente los posibles a través del dispositivo de la deuda infinita.
*Investigador de CONICET-USCF-UNER
Ilustración: Ernesto Bertani s/t

FM La Patriada

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