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¿Cómo pensar lo real político?

En la encrucijada entre la legitimidad de los saberes y la potestad de los poderes, a la que nos somete la difícil coyuntura de la pandemia en su alianza con el neoliberalismo, el filósofo Roque Farrán, insiste en la necesidad de una ética que se interrogue por cultivar la subjetividad emancipadora en cada sujeto.

Por Roque Farrán*

La crisis sanitaria actual no es un asunto menor, constituye el locus donde se juegan una serie de sobredeterminaciones económicas, políticas, científicas e ideológicas que hacen la diferencia en los modos de cada gobierno para afrontarla. No se puede evaluar la singularidad del modo de responder ahí, ante lo real desmesurado e imprevisible que marcó el virus, desde un lugar ideal o purificado de lo que debería hacerse, por más que este lugar connotado sea imaginado “abajo” o a la “izquierda” en la tópica social. Si pensamos materialmente, sabemos que la elaboración de conceptos teóricos no se corresponde punto por punto con lo real de los procesos políticos, económicos, subjetivos y sociales en curso; por tanto, identificarlos es un gesto de ingenuidad epistemológica o deshonestidad intelectual. Sabemos que ningún mapa coincide con el territorio, ni aun si se dibuja sobre el mismo o indica con una cruz: “Usted está aquí”. Los desfasajes inevitables entre niveles y prácticas, redoblados y agudizados por la emergencia del virus, señalan la necesidad de detenernos a considerar la eficacia específica de cada práctica, nivel y coyuntura; incluso la escritura conceptual y las cartografías del presente. Las acciones de gobierno, para ofrecer respuestas que mejoren la vida de los sectores más desfavorecidos, necesitan evaluar a su vez el conjunto de fuerzas, recursos, niveles y tiempos en juego, desde el lugar específico en que intervienen; es una tarea delicada y cuidadosa, aunque se vea a menudo enfrentada a exabruptos, mezquindades y tironeos de distintos sectores, incluso internos a la fuerza que gobierna.

Por otra parte, cada quien es responsable del conjunto social en su modo singular de ejercer la práctica que lo implica, de la manera más honesta y potente posible, sea esta la práctica política, científica, artística o teórica. Como mi deseo y compromiso se juegan en el campo teórico, asumiendo las tensiones y limitaciones institucionales en las que inscribo esta práctica, trato de elaborar conceptos que se ajusten a la singularidad de cada proceso. ¿Cómo evaluar la eficacia de una práctica de gobierno en la coyuntura, según la complejidad ínsita en esta, y no en función de ideales regulativos? En primer lugar, es necesario reponer un pensamiento materialista de la tópica social compleja, para entender cómo se diferencian las prácticas y niveles, situando su especificidad y entrelazamiento sobredeterminado: lo primero impide hacer de todo lo mismo y evaluar masivamente las acciones; lo segundo impide aislar de manera funcional y rígida las afectaciones recíprocas. Son cuestiones que he publicado en varios libros y no voy a reponer ahora, algunos fragmentos fueron publicados en este portal, en la Revista Bordes y en La Tecla Ñ.

Otra cuestión que desearía señalar en lo atinente a lo real político, tiene que ver con la transmisión: ¿Cómo se produce la transmisión de algo real que modifique en efecto nuestras prácticas?

En lo que escribo y pienso siempre trato de efectuar un giro autorreflexivo, incluso personal, para abordar esta problemática. Pues afirmo no solo que lo personal es político, sino que es teórico, científico y artístico. Siempre y cuando se dé cuenta de cómo se constituye el yo con otros en relaciones de poder, de saber, de cuidado que trazan, en definitiva, aquello que Foucault llamó una estética de la existencia. Aunque sean mínimos esos trazos personales que van de un polo a otro. Solo así lo personal deviene proceso de singularización efectivo y no mera biografía identificable, anecdótica, rígida o estereotipada. Por el contrario, si negamos o excluimos lo personal en los procesos políticos, intelectuales o estéticos, no hacemos más que reforzar consignas abstractas, conceptos vacíos y modas de valorización antojadizas; por algún lado termina retornando, mucho peor aún, ese fastidioso yo sin elaborar.

Hace tiempo sostengo en el campo teórico una lucha por defender el concepto de sujeto, e incluso el sí mismo. En filosofía es un concepto que produce cierto rechazo, por ser considerado algo superado o asociado en general a la psicología, pero es un malentendido: en esta disciplina lo que domina son más bien los procesos cognitivos o las neurociencias. Al contrario, suele ser el concepto prínceps del psicoanálisis aunque, últimamente, los psicoanalistas casi no estudian filosofía ni producen conceptos acordes a su práctica. En el campo de las letras, hay una relación ambivalente entre las llamadas “literaturas del yo” y el ejercicio de escritura que es, inevitablemente, una experiencia de introspección o reflexión, por más oscura y retorcida que aparezca. El principal malentendido se da en el plano político, donde se confunde el llamado y la necesidad de constituir sujetos con el solipsismo o individualismo, como si eso conllevara una negación ineluctable del espíritu colectivo. La ideología neoliberal del “empresario de sí” pareciera apuntar todo a constituir un sujeto vuelto sobre sí mismo y en competencia con los demás, pero carece de espesor y de cualquier reflexión rigurosa, subordinado como está a la mera lógica de la ganancia o la supervivencia. Por eso insisto, constituirse a sí mismo, en cualquier proceso, es la más urgente y ardua de las tareas, si es cierto que la relación de sí consigo, como diría Foucault, es la forma elemental de resistencia a la dominación política.

* Psicoanalista, Doctor en Filosofìa, Investigador de Conicet, Universidad Nacional de Córdoba.

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