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Cambiemos y la “pesada herencia” de la transición democrática

El politólogo Andrés Tzeiman, autor de Radiografía del macrismo, analiza el macrismo desde una mirada de mediano plazo y abre una discusión acerca del legado y los límites de la llamada "transición democrática". Una necesaria reflexión orientada a la consolidación de una verdadera cultura política democrática en nuestro país. A continuación compartimos un fragmento de su trabajo, dedicado a producir una caracterización de la experiencia del gobierno de Cambiemos.

Por Andrés Tzeiman*

Prestemos atención a las siguientes palabras del intelectual boliviano René Zavaleta: “los argumentos o los requerimientos de tu enemigo han de figurar en algún grado en la dominación a que se le somete”. Así supo definir René Zavaleta, con alguna ligereza pero con bastante claridad, el problema de la hegemonía. Nos animamos a señalar que las teorías de la transición a la democracia que gozaron de un gran esplendor en América Latina durante los años ochenta podrían ingresar en el terreno de esa definición. Porque las luchas populares anti-dictatoriales y por la restauración de las democracias que se libraron a fines de los setenta y comienzos de los ochenta en la región, obligaron a los sectores dominantes a incorporar a la democracia como discurso de legitimación tras la salida de las dictaduras militares. Las democracias debían ser restituidas, allí existía un consenso: finalmente debía acabarse el terror.

Pero precisamente el signo hegemónico de las teorías de la transición residía en que el carácter indiscutido tanto de la necesidad de ponerle fin a las dictaduras, como de la ponderación positiva del retorno de las democracias en América Latina, se producía en circunstancias económicas y políticas condicionadas. Por un lado, el flagelo de la deuda externa deterioraba sensiblemente la capacidad soberana de las renacientes democracias. Por el otro lado, si bien se celebraban elecciones periódicas para consagrar el gobierno del Estado a través de la voluntad popular, ello debía convivir con un “gobierno permanente”, ajeno a la decisión de las mayorías: el poder de las fuerzas armadas, de la burocracia civil y del poder judicial. Desde ya que el grado o el vigor de estos condicionamientos no resultó invariante en los distintos países de la región. De hecho, en esas diferencias influyeron notablemente las relaciones de fuerzas con que se produjeron en cada espacio nacional, primero las salidas de las dictaduras, y luego las transiciones hacia la democracia. Sin embargo, pese a esas variaciones, el elemento común de todas las transiciones estuvo marcado por su carácter condicionado. Es decir, que se trató de una revalorización de las democracias, pero bajo la condición tácita de dejar intacta en la sociedad la distribución del poder económico y político tal como fuera construido durante los años de los gobiernos de facto. Esto significa que si las dictaduras fueron el mecanismo político a través del cual los sectores dominantes consiguieron frenar coercitivamente el ascenso popular desplegado en los años sesenta y setenta en la región, las transiciones venían a restituir los regímenes políticos democráticos en América Latina, pero ahora sin las convulsiones sesentistas y setentistas, es decir, ya “normalizados”, “restringidos”, o “tutelados”. O dicho de otra manera: concedían el retorno democrático, aunque bajo la condición del disciplinamiento popular. De ese modo, las teorías de la transición, con su celebración del regreso a la democracia, resultaban, por una parte, la expresión ideológica de un respiro y de un triunfo popular luego de tantos años de sangre y terror. Pero por otra parte, al mismo tiempo, se constituían en el símbolo intelectual de una derrota, que manifestaba la apertura del ciclo de dominación neoliberal en el área latinoamericana, ahora bajo democracias. Así, de la fiebre por la revolución en los años sesenta y setenta, muchos intelectuales otrora pertenecientes a la izquierda pasaron en los años ochenta a la celebración de una democracia amputada de justicia social, soberanía política y desarrollo económico. Allí residía el carácter hegemónico de las teorías de la transición (por las cuales, vale subrayar, en buena parte aún hoy, al referirnos a la democracia, seguimos siendo hablados en la esfera pública).

Luego de este breve rodeo introductorio, situémonos en la Argentina actual. Sostenemos que el macrismo emerge y se constituye, esencialmente, como una revancha de clase frente a las conquistas populares obtenidas durante los gobiernos “populistas”. En tanto revancha social, debe emprender un proceso de disciplinamiento. Se trata de un momento de expiación. Ahora bien, esa revancha se inscribe en el período de largo aliento que describimos en el párrafo anterior: el post-dictatorial, de hegemonía de la democracia. Allí está entonces uno de los mayores dilemas que se le plantea al gobierno de Mauricio Macri: ¿cómo proceder a la revancha de clase y a la instauración de la nación excluyente en Argentina en el marco de la hegemonía de la democracia? Más aún: ¿cómo lograr esos objetivos ante una sociedad que viene de un proceso de cuestionamiento práctico hacia el “tutelaje” sufrido por las democracias en los años ochenta y noventa? El intento de resolución de esos interrogantes en el terreno de la política es la gran novedad que trajo consigo el gobierno de Cambiemos a la historia nacional. La derecha “pura y dura” llegó a la dirección del Estado en Argentina luego de ganar las elecciones, es decir, gracias a la voluntad popular. Durante su gobierno, entonces, debió afrontar la “pesada herencia” de la hegemonía democrática. En ese sentido, aun en su condición “restringida”, la democracia y sus instituciones se presentan de forma permanente como obstáculos para los objetivos estratégicos que persigue la alianza Cambiemos.

Por eso el gobierno de Mauricio Macri debe apelar a un doble juego ante la democracia. Por un lado, tratar de reconfigurar de un modo constante su sentido (sus leyes, instituciones, usos y costumbres) para transformar el régimen político democrático en uno cada vez más restrictivo e inaccesible para las mayorías, para sus líderes políticos, y sus organizaciones (debe “normalizar” el sistema político). Pero por el otro lado, y al mismo tiempo, las metas y los objetivos del proyecto oficialista (incluyendo esa reconfiguración del sentido de la democracia), lo inducen a moverse permanentemente al límite, o en muchas oportunidades, por fuera (o en contra) del Estado de derecho.

En la interpretación de este dilema que ha debido afrontar el proyecto de Cambiemos, tal como fue retratado en el párrafo anterior, residió el mayor y más severo equívoco de algunos intelectuales y analistas políticos en los últimos años. Allí podemos ubicar principalmente el del periodista José Natanson, y su caracterización de la derecha gobernante como “democrática y moderna”. Empecemos por señalar lo siguiente: hay un punto en donde Natanson acertó. Pues intentó enfatizar en el aspecto novedoso de esta derecha, que al mismo tiempo marcaba su singularidad con respecto a otras experiencias históricas, y que volvía indispensable acabar con la subestimación o la simplificación del macrismo. Pero en ese afán de esclarecimiento, Natanson incurrió en un serio error analítico. Definió el proyecto de Cambiemos por una variable (su hipotética condición democrática) sobre la que precisamente ese espacio político ha operado permanentemente y de forma tendencial en una dirección opuesta, o incluso, en franca hostilidad hacia ella.

Según nuestro punto de vista, la definición de la derecha que lidera Mauricio Macri como democrática resulta errónea, esencialmente por dos motivos. En primer lugar, porque el proyecto societal que pretende llevar a cabo, considerando la estructuración de fuerzas políticas y sociales existentes en nuestro país, es imposible de ser realizado en la práctica respetando el normal y libre funcionamiento de la vida democrática nacional. El despliegue de su proyecto, de forma tendencial, debe enfrentarse ineludiblemente contra los pilares básicos de la democracia argentina. En segundo lugar, porque la experiencia histórica y la subjetivación política demostrada en la práctica por esta derecha, demuestra su desdén por la democracia, así como un límite muy peligroso en la liberación de sus pulsiones autoritarias. El rascismo, la xenofobia y el clasismo desplegados por Cambiemos en sus cuatro años de gobierno, vuelven muy difícil definir a ese espacio político por su carácter democrático. Más aún: la obsesión de Cambiemos por desandar los consensos sociales básicos conquistados en materia de Memoria, Verdad y Justicia en Argentina desde 1983, son la demostración más cabal de su obsesión por acabar con el principal legado del “pacto” democrático que se constituyó como discurso hegemónico de forma posterior a la última dictadura cívico-militar.

En función de lo dicho hasta aquí, el propósito inicial de Natanson podría haber sido pertinente: señalar que en tanto la derecha había revalidado su triunfo de 2015 en las elecciones de medio término de 2017, su caracterización merecía un debate político-intelectual serio, riguroso y a esa altura ineludible, cuyo desarrollo debía estar exento de reduccionismos o simplificaciones provocadas por sesgos políticos. El problema fue que ese propósito, quizá noble y acertado, terminó dando por resultado una lectura endeble, carente de perspectiva histórica (en tanto nunca dio cuenta de bajo qué mecanismos se había logrado “tutelar” la democracia en Argentina), y falta de rigurosidad analítica y conceptual (al no aclarar qué significado de la democracia estaba implicado en el carácter “democrático” de la “nueva derecha”). Se trató de una lectura reduccionista, que perdió de vista el proyecto estratégico de Cambiemos y se redujo a algunos pocos elementos de la experiencia macrista, dejando de lado otros sumamente importantes. Una mirada cuyas conclusiones políticas, además, resultaron concesivas en extremo y bastante precipitadas en función del incipiente desarrollo del proceso político por aquel entonces. Natanson se identificó acríticamente con aquello que el macrismo pretendió ser (una derecha que lograra instaurar una democracia “normalizada” o “tutelada”, compatibilizando democracia y desigualdad radical), pero perdió de vista lo que el macrismo efectivamente fue, y aún más, soslayó hasta dónde el macrismo se mostraba capaz de llegar para conseguir sus objetivos estratégicos (algo que desde un comienzo se observaba como tendencia).

En ese sentido, y para finalizar, creemos que la alianza Cambiemos ha intentado llevar adelante su proyecto societal entablando una doble relación con la democracia: 1) la soportó con pesadumbre; 2) con el objetivo permanente de degradarla. Fue un proyecto de derecha llevado a cabo en democracia, a pesar de la democracia y contra la democracia… para “normalizar” la democracia.

La máxima expresión de dicha degradación de la democracia fueron las “prisiones” preventivas a dirigentes del gobierno anterior (producidas, vale recordar, como antesala del paquete de reformas enviadas al Congreso en diciembre de 2017), junto con la amenaza permanente a referentes sindicales y políticos opositores a través de las causas instruidas por la justicia federal, y operadas con el apoyo de políticos conservadores, servicios de inteligencia y multimedios de comunicación. A su vez, la disputa política e ideológica para transformar el paradigma de funcionamiento de las fuerzas de seguridad resultó otro indicador en el mismo sentido (Patricia Bullrich dixit: “hemos dado vuelta lo que pasaba”, “nosotros vamos a cuidar a los que nos cuidan”). Y finalmente, entre otros aspectos que podríamos mencionar, la hostilidad y el desprecio hacia la recuperación de la memoria por las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la última dictadura cívico-militar, marcaron un signo excluyente del carácter autoritario y anti-democrático del gobierno de Cambiemos. La competencia electoral y la persistencia (aún con muchos daños) de las instituciones de la democracia representativa, constituyen elementos por demás escasos y formalistas para caracterizar como “democrático” a un espacio político que se definió en su esencia por su agresividad hacia la existencia de una democracia en la cual las grandes mayorías puedan pelear por ser parte de la distribución del poder económico, político y cultural en la sociedad argentina.

*Politótlogo UBA, Conicet/CCC

Imagen: Andrés Lutsky (RT)

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