Cambiemos: la eficacia del “castigo” por Gisela Catanzaro*

Cambiemos: la eficacia del “castigo” por Gisela Catanzaro*

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martes, 26 diciembre 2017
Debates

Luego de las últimas elecciones, y como ya había sucedido después de las presidenciales de 2015, se suscitó una suerte de debate, no restringido a ámbitos académicos, respecto de la caracterización del macrismo como fuerza política. Esquematizando un poco las posiciones en disputa, se podría decir que lo que estaba en cuestión era si el fenómeno político que el macrismo representa debe ser interpretado poniendo el énfasis en lo novedoso de la constitución de una derecha democrática, o si, por el contrario, dicha supuesta novedad democrática debía ser interpretada como parte de la imagen de sí que esta fuerza política quiere proyectar, y respecto de la cual una postura verdaderamente crítica debería tomar distancia, para destacar -en cambio- las continuidades existentes entre las políticas implementadas por el nuevo gobierno y el neoliberalismo impulsado por Menem en los años noventa o por Martínez de Hoz durante la última dictadura cívico-militar.

Considerar ocioso este debate en nombre de problemas que tendrían una mayor urgencia es un error. Constituye un gesto anti-intelectualista que, en nombre de las premuras de la práctica política, condena a la acción colectiva a constituirse en una práctica ciega, tan vacía de pensamiento como un puro mecanismo, que ella no es. Y sin embargo, los términos en los que ese debate tiende a repetirse una y otra vez tienen algo engañoso sobre lo que sería preciso reflexionar en favor de la comprensión del proceso social en que estamos inmersos, es decir, en favor de una mejor práctica política que, aunque no depende únicamente de ella, ciertamente requiere de la más precisa lectura de la coyuntura que seamos capaces de producir.

Resulta engañoso -por una parte- hablar de derecha democrática aludiendo exclusivamente al modo de acceso al poder, o al estilo discursivo de los gobernantes, como si en nuestra historia nacional nunca hubieran estado en discusión los límites de una identificación de la democracia con un mero régimen político o con una definición exclusivamente procedimental. En relación a la comprensión de la democracia como un proceso tensionado y conflictivo de democratización y desdemocratización, esa reducción –a la que es sumamente propensa una politología institucionalista- del significado de democracia, reducción que suele operarse a la hora de administrar adjetivos calificativos a las fuerzas sociopolíticas actualmente dominantes, no puede ser naturalizada. Problematizar esa naturalización reductiva del sentido de la democracia en lugar de multiplicar sus emergencias en los diagnósticos que hacemos de las nuevas fuerzas, es parte de un ejercicio interpretativo. Es, a la vez, una práctica política de resistencia frente a una definición restrictiva de la democracia que deja afuera de su concepto no sólo la represión sino el problema de los derechos, de las condiciones materiales de existencia y la dimensión conflictual que mantiene a un “orden democrático” constitutivamente abierto a su transformación.

Pero esto no obsta para que discutamos si no perdemos capacidad analítica –y así, también política- cuando, asumiendo lo inaceptable de esas concesiones reductivas respecto al sentido de lo “democrático”, aceptamos caracterizar al macrismo como anti-político –por oposición al conflictivismo kirchnerista-, tecnocrático –en continuidad lisa y llana con el neoliberalismo anterior- o meramente excluyente, estigmatizador y represivo; esto es: cuando aceptamos pensarlo como el artífice de una simple operación de saqueo de la que estarían ausentes aspiraciones a generar una nueva hegemonía y que sólo se sustentaría en los “poderes fácticos”, con especial énfasis en la aplicación de la violencia física. Ciertamente no se trata de relativizar la necesidad de poner en evidencia y criticar la cada vez más nítida dimensión coercitiva del proyecto gubernamental. Pero sí de preguntar en qué marco es necesario interpretarla. ¿Debemos hacerlo como una expresión de su ser “anti-político”? ¿O esa visibilización de los aspectos represivos como puro medio nos podría estar distrayendo del papel central del castigo en un nuevo “proyecto refundacional” a tono con lo que a nivel mundial parece constituir una nueva inflexión punitiva del neoliberalismo?

Por más razones que haya para sostenerlo, lo que hay de engañoso en el término “anti-política” aplicado a la caracterización de la nueva fuerza política dominante, es que parece permitirnos confiar en la necesidad -más tardía o temprana- de la caída de un régimen estructurado sobre la exclusión y la represión. Pero esa pereza del pensamiento nos quita lucidez tanto para terminar de asumir que el macrismo representa en verdad una politización -es decir, la formulación en términos políticos de una serie de prejuicios y odios sociales preexistentes que ahora se vuelven doctrina oficial y se ven potenciados-, como para interrogar cuál es la naturaleza del ofrecimiento que este nuevo proyecto hegemónico, esta “refundación”, o esta “revolución cultural” le hace a la sociedad.

Luego de dos crisis internacionales del neoliberalismo -11S y 2008-, ese ofrecimiento de un (paradójico) modo de “vivir juntos” que el macrismo hace a la población, ya no puede ser la promesa noventista de integrarnos a un capitalismo global multiculturalista, sin fronteras y sin fricción. A diferencia del neoliberalismo de los años noventa, el proyecto neoliberal refundacional de Cambiemos tiene en la figura del castigo –y no en la utopía del globo, o de los economistas expertos de Chicago- un elemento central. Pero el castigo es aquí central no única ni principalmente debido a su función coercitiva -entendida como la serie de operaciones de represión desplegadas por el gobierno de Mauricio Macri-, sino como ideología. El castigo es central en la imagen positiva que el proyecto macrista proyecta de sí mismo. Parafraseando a Althusser en sus discusiones del ‘68: la potencia ideológica del castigo hoy no debe ser ocultada por las evidencias de la violencia física directa desplegada por los aparatos represivos del Estado (aunados al poder judicial). Y no debe serlo porque mientras esta última aniquila sujetos –aniquilándose tendencialmente a sí misma-, la ideología los produce: produce sujetos culpables cuya ansia de castigo resulta a su vez insaciable, y así se vuelve tendencialmente eterna. Un apocalipsis sin apocalipsis como decía Derrida.

La figura del castigo es central en el discurso profético de Elisa Carrió, donde queda claro el tono “post-crítico” de esta nueva inflexión del neoliberalismo que dice que “el momento del juicio ya ha pasado” y ahora sólo nos queda el momento de la expiación de la culpa a través de merecidos tormentos. Pero esa figura del castigo adquiere asimismo una -tanto más insidiosa- tonalidad “piadosa” en la prosa de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires. En el discurso de Vidal la hora del calvario no es menos inexorable pero, a diferencia de Carrió, como si fuera con su último aliento y animosas palmaditas en la espalda, la “frágil” gobernadora nos invita -en actitud pastoral- a enfrentarlo castamente, y a reconocernos como pecadores a los que fortalecerá la –por ello necesariamente bienvenida- purificación. Aquí el castigo es más que un disparo en la espalda o que una orden de detención (aparatos represivo y judicial); es también más que un bramido amedrentador (amenazas de las y los “profetas” difundidas/creadas por los medios de comunicación para garantizar el disciplinamiento profiláctico de la población). Aquí el castigo  revela toda su potencia ideológica integradora porque nos ofrece, a nosotros, a todos nosotros, nada más y nada menos que una participación en la sacrificada comunidad de los pecadores que hoy pagan, con gozo redentor, la culpa por haber participado en una alocada escena de “despilfarro orgiástico” que  (todos lo sospechamos en el fondo, dice este discurso, por más corrompidas que estén nuestras almas) “tenía que terminar”.[1]

La vicepresidenta de la nación insistió sobre este tópico la semana pasada: llevamos 34 años de desorden. Es al trasluz de esa imagen de un caos flamígero que el presente resplandece como una hora de salvación en la que somos finalmente arrancados de la pendiente de la perdición iniciada en el ‘83 y a la que nos arrojó definitivamente el “aquelarre” de los últimos doce años. No se trata de exabruptos de trasnochadas sino de un consistente ejercicio de lucha hegemónica por el cual somos interpelados como miembros de una nueva comunidad que, otra vez, está “saliendo del infierno”. Resulta fundamental no perder de vista esta doble función ideológica positiva, políticamente productiva: el castigo que –de acuerdo a la “refundación” en curso- merecemos, hoy, nos une, en su peculiar llamado-sin-utopía, como culpables y castigadores. Pero además, a aquellos que puedan reconocerse como parte de esa comunidad de los pecadores devenidos heraldos de la denuncia se les volverá vivenciable retroactivamente la crisis –sin´2001 y sin hiperinflación del ’89- en la que habríamos estado inmersos, crisis (en este caso moral) que justifica la presente austeridad de los castos.

En efecto, en este nuevo avatar de una derecha más “neo” que “liberal”, el castigo no sólo golpea al cuerpo, también generaliza la culpa; pero además brinda a la población la experiencia “irrefutable” de “la crisis anterior” que todo proyecto refundacional requiere. De eso hablan las imágenes del calvario de De Vido, de Boudou, de Milagro Sala, y de tantas/os otras/os. La fuerza aleccionadora de esas imágenes depende de la espada, pero sobre todo de las supuestamente inviolentas  “evidencias” de un pasado infernal. Estas evidencias son requeridas tanto o más que el monopolio de los aparatos represivos del Estado por parte del nuevo proyecto hegemónico de una derecha que se ha mostrado muy hábil para canalizar políticamente un autoritarismo social preexistente. Ese que volvió a “encenderse” con la “insoportable” experiencia de un discurso crítico de la inequidad estructural que, tal vez por un momento, amenazó con dejar expuesto lo improbable de la salvación individual y lo superfluo de tantos esfuerzos subjetivos a la adaptación frente a los insaciables requerimientos del capitalismo mundialmente vigente.

 

*Socióloga, Investigadora del Conicet y del Instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

Imagen: Condenados del Juicio Final de Luca Signorelli (1499-1502)

 

[1] Al respecto resultan sumamente sugerentes tanto el planteo de Andrés Tzeiman como el prólogo de Martín Cortés en Radiografía política del macrismo, Buenos Aires, Caterva, 2017.

 

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