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Brasil: El neofascismo y el partido «Lava Jato»

La crisis sanitaria refuerza la crisis institucional y política en Brasil. La difícil situación que atraviesa el país hermano es resultado de la relación de fuerzas que da forma a la actual etapa neofascista del neoliberalismo y que, si bien toma una forma singular en Brasil, ofrece la radiografía de una coyuntura que, con sus matices, se replica en muchos otros países de la región. El investigador y abogado Thiago Barison, miembro de la Asociación Brasileña de Juristas por la Democracia (ABJD) analiza las contradicciones de las que pende la suerte política de Jair Bolsonaro y, en otro sentido, la maltratada democracia brasileña.

Por Thiago Barison de Oliveira*

 

Entre las muchas contradicciones que la pandemia está exacerbando se encuentra la oposición al neofascismo y al «lavajatismo». Recientemente, los líderes de ambos espacios, Jair Bolsonaro y Sérgio Moro se separaron públicamente. Vale la pena reflexionar sobre lo que les llevó antes al matrimonio y ahora al divorcio.

Primero, caractericemos los rasgos de esta contradicción. Tuvimos la oportunidad de definir el neofascismo en un texto anterior, siguiendo a Armando Boito Jr., como una movilización reaccionaria de las masas de la pequeña burguesía contra el movimiento obrero y popular.

Pero aunque este es su objetivo de clase, el medio para lograrlo es la agitación de la «lucha contra la corrupción«: la corrupción de los valores de la llamada familia tradicional, cuyo jefe de la casa, aunque busca ascender por la pasarela del mérito, el trabajo y los ahorros es derribado por fuerzas oscuras – en realidad, el gran capital.

Y todo ello apoyado por una conspiración desde el exterior, el «Pacto de Princeton», que habría unido al PT con el PSDB (!), y el Foro de São Paulo, cuya intención sería acabar de una vez por todas con la pasarela mágica que puede llevar un día a estos héroes del sentido común al éxito económico.

Así, la frustración, el miedo a recaer en el proletariado y la esperanza de ascender a través del mercado son canalizados por la ideología fascista. Las políticas estatales dirigidas a las minorías, los pobres y el proletariado forman parte de la corrupción que hay que combatir, la corrupción de los valores y la corrupción del mito del libre mercado.

Siguiendo la sugerencia de Ricardo Gebrim, llamamos al otro personaje el «partido de Lava Jato» para identificar una rama de la burocracia y del aparato represivo del Estado, bajo el liderazgo de agentes de la Policía, del Ministerio Público y del Poder Judicial Federal, que actuaron en sustitución de los partidos burgueses tradicionales, como representantes y agentes políticos organizadores de la clase media alta como base social de masas de la ofensiva neoliberal.

En las manifestaciones callejeras a favor del juicio político realizado en contra de la ex-presidenta Dilma Rousseff, los héroes fueron los agentes del Estado vinculados al Lava Jato. Este sector del aparato estatal aportó el discurso, las banderas y dictó el ritmo y el tono de las movilizaciones. La «lucha contra la corrupción» significaba el camino para terminar el ciclo de gobiernos petistas: desmoralizando, aislando, encarcelando y, por lo tanto, interrumpiendo el juego electoral según los estándares anteriores.

En ese momento de la lucha, la clase media alta se vio hombro con hombro con el neofascismo. El partido Lava Jato forzó los engranajes institucionales con sus métodos y su selectividad, como reveló más tarde el sitio de noticias The Intercept Brasil: persiguió, encarceló y alejó de la participación política a los sectores empresariales que apoyaban a los gobiernos petistas, así como a los partidos políticos aliados y, al fin y al cabo, al propio ex presidente Lula.

Amplificada por los grandes medios de comunicación burgueses, esta acción política se presentó como una cruzada de «buenos ciudadanos» contra los corruptos, para euforia de las huestes fascistas.

Cuando la presidenta Rousseff se mostró incapaz de actuar contra esta acción política en curso, después de la divulgación ilegal de la interceptación telefónica de la Presidencia de la República, en el episodio del nombramiento del ex presidente Lula en la Casa Civil, surgió la frase de uno de los líderes del «centro» que pasó a la historia: «hay que detener la hemorragia, detenerla donde está; poner a Michel allí, en un acuerdo, con el Tribunal Supremo, con todo».

Esta escena revela la eficacia de la acción política del partido Lava Jato dirigiendo a la clase media alta y siendo dirigido por las fracciones burguesas del frente neoliberal: hasta que se produjo el impeachment, los congresistas estaban amenazados por las plumas de los agentes del Estado y por las manifestaciones.

Quien se interpusiera en el camino sería castigado y defenestrado, y al final, incluso aquellos que sirvieron a este proceso fueron devorados por el mismo, como Eduardo Cunha y Michel Temer. Eso es lo que puede pasar con Jair Bolsonaro, de ahora en adelante.

El neofascismo permanece fiel a su base social de masas: la clase media baja, la pequeña burguesía y los trabajadores de masas marginales ideológicamente cooptados, que, ante los límites de la política social y económica neoliberal, no tienen otra perspectiva viable en pocos meses que el fin del aislamiento social y la vuelta al trabajo.

La clase media alta, por otro lado, tiene las condiciones materiales para permanecer en casa y, por lo tanto, apoya el aislamiento social y ha abandonado el apoyo al gobierno federal, según las encuestas de opinión.

La burguesía está dividida según las ganancias o pérdidas que cada sector tendrá en la crisis; pero, en su conjunto, se ha visto arrastrada a una posición de defensa del aislamiento y de suspensión temporal y condicionamiento del neoliberalismo con respecto al gasto público para evitar el caos social y económico.

El futuro del gobierno del Bolsonaro parece depender de esta contradicción.

 

*Abogado, miembro de la Asociación Brasileña de Juristas por la Democracia (ABJD)

Fuente: Brasil de Fato, São Paulo (SP) – https://bit.ly/2yFOHYS

 

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