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Alicia Eguren. Memoria inapropiada, futuro imperfecto

El 11 de octubre de 1925 nacía Alicia Eguren. Natalia Romé subraya el capricho de la efeméride para sacudir el envejecimiento de nuestro presente y poner en cuestión algunas certezas acerca de la oportunidad de la palabra pública. De cara al inminente XXXIV Encuentro Nacional de Mujeres, abrir la historia de los diversos modos del feminismo popular es repensar los vínculos entre memoria y futuro.

“Cada individuo que prescinda de una voluntad colectiva

y no trate de crearla, suscitarla, extenderla, reforzarla y organizarla

es simplemente un tonto de capirote, un ‘profeta desarmado’, un fuego fatuo”

(Antonio Gramsci. Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado Moderno)

Por Natalia Romé

 

Siempre tiene algo de absurdo el propósito de recuperar, en la captura de un nombre, la singularidad de un pensamiento político; pero se vuelve más absurdo cuando lo que tiene de particular ese pensamiento es su modo de estar en el mundo, con otrxs. A veces, claro, lo absurdo no quita lo necesario. Por un lado, la futilidad del esfuerzo y la obstinación de pensar justamente lo que no se deja pensar, tensionan la melancolía globalizada. Pero además, si toda herencia conlleva en algún punto un enigma que no podemos dejar de heredar, aprender a vivir con los fantasmas puede ser una política de la memoria, de la herencia y de las generaciones. Una politización del tiempo y, entonces, un recomienzo del futuro.

Vivimos una época en la que las dicotomizaciones banales asisten solidarias al juego de la (auto)censura y vehiculizan la renovación de lo viejo, bajo las múltiples figuras de la transición. Por enfática y vociferante que sea, esa operación silenciadora de la memoria, y por feroz que sea el dispositivo técnico del disciplinamiento de la palabra pública que ella requiere, no es posible la denegación pura del conflicto que trae consigo la historia. No hay represión que no falle, que no venga asediada por los espectros que procura conjurar.

Resulta que lo visto/no visto de una nebulosa espectral, acompaña irremediablemente a todo impulso popular, por verticalizado, disciplinado, modernizado o estilizado que éste sea o quiera ser. Evocaciones de la impureza pulsan irremediablemente en las formas adocenadas de su renovación. Imágenes que se presentan siempre a deshora, importunando las lógicas del cálculo y la corrección política, para abrir la sensibilidad al misterio que entorpece el silencio del olvido. La administración de la oportunidad, la disciplina gestionaría del momento adecuado para hablar y callar, se tensionan en la circularidad cíclica del almanaque que es ciego al clima de la opinión pública. La superficie homogénea del almanaque está llena de espectros que no quieren saber nada de la temporalidad de las conveniencias.

El 11 de octubre de 1925 nacía Alicia Eguren. La singularidad misma de su existencia inclasificable, su ética de la fiel desobediencia, nos previenen del gesto reactivo de denunciar su secundarización, que es igual a su trascendencia como compañera de John William Cooke. Y nos invita, en cambio, a descubrir la originalidad de un modo del pensar y el obrar afirmado en ese lugar que hace de la subalternidad una ética y una política.

La unidad compuesta y a la vez imposible de un ser doble y desajustado, abre a una reconsideración imprescindible del vínculo entre política y verdad. Un vínculo frágil dañado por las experiencias históricas de nuestro pasado reciente, con sus épicas del encuadramiento marcial y la disciplina vertical. Un vínculo malpensado en sus propios términos y maltratado por los avatares de la antipolítica postdictatorial.

Su vida resiste por igual al homenaje ritualizado a la medida de la heroicidad fálica y al anacronismo artificioso de las genealogías de “grandes mujeres invisibilizadas”. Si pudiera decirse que hubo un modo Eguren, sería el de una modalización femenina de la desobediencia popular. Un raro feminismo práctico que abre a una consideración ética y profundamente política sobre lo verdadero y sobre el decir veraz.  Gesto mínimo de la resistencia vital. Alejado de la pureza autonomista, ofrece su legado al recomienzo de un pensamiento a la vez orgánico y constitutivamente heterodoxo; inmanente a la lucha popular y a sus formas siempre impuras de verdad.

Una ética que para forjar la universalidad verdadera no puede sino aparecer en un lugar segundo y ejerciendo una suerte de sub-comandancia, porque introduce una ontología política de la debilidad y del ser como relación; es decir, como deseo y conflicto. La filosofía que le corresponde es una teoría en acto del pensamiento como intervención filosa en la coyuntura intelectual, en el orden fosilizado del pensamiento dado. Una consideración impropia del propio pensamiento, que entiende que cada idea “nueva” ya ha comenzado antes, porque existe siempre en otrxs.

Una palabra que no enuncia una verdad doctrinaria ni renuncia al saber. En todo caso, lo actúa al abrir huecos en las evidencias disponibles, sospechando de lo obvio, incluso, en lo más cercano. Amorosa infidelidad que leyendo al pie de la letra, encuentra más de lo que la letra dice. Y así donde se afirma con certeza que el peronismo “será parte de cualquier revolución real”, como si su potencia estuviera garantizada por ese “peligro oscuro”, que odian por instinto las clases dominantes; ella entiende que explotados y explotadores, que libran sus luchas desiguales en el país, en toda América y en el mundo, “combaten los mismos combates desiguales en el seno del movimiento”. La más insidiosa crítica del pensamiento no puede llegar sino en segundo lugar, para encontrar la verdad inesperada en lo ya dicho, la dimensión conflictiva que rasga todo lo abstracto, sometiendo las pretensiones hegemonizantes del propio pensamiento a las contradicciones de su historia real.

Una existencia ferozmente erótica, que complejiza la reivindicación identitaria y hace la política como el amor y la amistad, de modo desquiciado y litigioso.  Un pensamiento en las antípodas de toda forma de propiedad: sin autor, sin obra, sin tema; que no reclama mayor originalidad que la de una increíblemente aguda inteligencia de la coyuntura; que no entiende la autonomía sino como un gesto que desaparece en sus efectos y que sólo busca la más perfecta sabiduría: la de saber captar lo nuevo en lo que hace siglos se dice, allí, donde hablan los que no tienen voz.

El legado de su potencia silente incomoda las certezas de su tiempo tanto como las coordenadas de la hermenéutica contemporánea. Una aspiración al saber que es denuncia de la vanidad intelectual y la futilidad tecnocrática. Una forma de militancia que es lo contrario del fetichismo. Una extrema lealtad de la insumisión. Una práctica de pensamiento que roza lo verdadero al desear la imperfección, la contaminación y la incompletud. Trabado en la desigualdad de las relaciones existentes: único lugar de enunciación real, para un decir veraz sobre la desigualdad y la injusticia. Un hablar desde el punto de vista del pueblo y no en su representación.

Porque no piensa para conservarse, sino para decir lo que es; su pensamiento es coyuntural pero no efímero. Y porque no le pertenece, puede ser también el nuestro. Una sorpresa de la memoria que indica la tarea del presente, su falta de ser, lo que resta por hacer. La que sólo se queda “para alumbrar a los que llegan”.

 

 

 

 

 

 

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