21F Huevos y gorilas. Moyano: sindicalismo, política y movilización en tiempos de MM.  Por Germán J. Pérez*

21F Huevos y gorilas. Moyano: sindicalismo, política y movilización en tiempos de MM. Por Germán J. Pérez*

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martes, 20 marzo 2018
Debates

“Cuando llegue el momento de expresar la voluntad democrática, los gorilas no pueden estar más en la conducción del país, porque nos quieren quitar la dignidad a los hombres de trabajo y no lo podemos permitir”  (Hugo Moyano, discurso del 21 F)

 

La gran prensa adora los personalismos. Son la vía regia para convertir un problema político en una invectiva moral: CFK y sus secuaces, MM y su equipo, el papa Francisco y sus representantes en esta tierra, preferentemente, devoran tapas de diarios y fatigan ruidosos estudios de televisión. A ese Olimpo catódico pertenece la figura desalineada de Hugo Moyano, un camionero que juega en las grandes ligas de los relatos moralizantes. Y sabe hacerlo.

Del audio de Triaca que se viralizó el 16 de enero a la movilización del 21 de febrero, el conflicto sindical ocupó inesperadamente la platea estival. Desde la “extorsión” de una empleada doméstica que hizo estallar la ira del ministro de proverbial mansedumbre y equilibrio, “era su voz pero no era él”, escribió un reconocido analista político del diario La Nación alcanzando el paroxismo de la expiación -y de la esquizofrenia-; hasta la inminente prisión de Moyano por acumulación de sospechas de corrupción que lo convertían en un serio candidato a la sortija en el carrusel de las preventivas, diarios y  foros televisivos se obsesionaron con la cuestión sindical. La letanía es conocida: el peronismo es una banda y, claro, tiene bandos; Moyano lidera una de las facciones de los “peronistas malos” -la burocracia sindical corrupta-, siguiendo la edificante tipología prohijada por el mismo analista de la tribuna de doctrina invocado más arriba. Y, en efecto, Moyano actúa sin contemplaciones su estigma de negro camionero, es el Perón de sus representados y la amenaza morocha de la república de los CEOs. Sabe que su poder no radica en las encuestas y que, en definitiva, en las encuetas no radica ningún poder.

Moyano sabe algunas cosas, importantes. Una de ellas es que no irá preso; de la basura al correo, pasando por la construcción y su relación con el fútbol, no hay negocio donde no aparezca vinculado a las empresas de la corona. “Tengo huevos para defenderme solo”, bramó el veterano dirigente. Demasiadas milanesas en Olivos; en el rubro del transporte y la circulación, que conoce como a la ruta misma, Moyano sabe ocupar varios lados del mostrador. Pero como advirtió con agudeza uno de los más destacados orfebres del concepto de lo político: “El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo, no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo.” Concretamente, la política es un problema de identidades colectivas, de fronteras móviles y antagonismos intensos, no de negocios entre privados, aunque los negocios persistan los colectivos se transforman. Y pocos saben tanto como Moyano de negocios y de colectivos…

Ahora bien, ¿en qué rasgos de este veterano sindicalista radica el sentido “particularmente intensivo” de su diferencia que lo mantiene como protagonista de las superligas políticas?  Moyano exhibe las virtudes de la ruta: paciencia, constancia, picardía, solidaridad de clase. ¿En boca de qué dirigente sindical peronista suena más legítima la expresión “movimiento obrero” que en la de Moyano? “El negro” opera el acceso del discurso plebeyo que distingue a la identidad política peronista al ágora mediática sin que resulte objeto de anacronismo, sarcasmo o ironía, sino destilando cierta soberbia cuya amenaza reside en el enigma de lo que representa. Un camionero, que habla y viste como camionero, capaz de convocar cientos de miles de personas a escuchar sus discursos iridiscentes a través de los gobiernos desde hace más de 20 años. Agresividad agravada, en estos tiempos, por lo que podríamos denominar un cierto goce de clase que conforma el ADN de PRO-Cambiemos: las dos pizzas, los taxis y la “grasa militante” de Prat Gay, los mal acostumbrados de González Fraga, los 9000 pesos que Michetti hubiera aceptado para servir a la educación pública, las  vacaciones crónicas del presidente con transmisión en directo por revista Caras, la tilinguería con Antonia y Juliana en la corte de España, las reuniones de gabinete en la “mesaza de Mirtha”, en definitiva, un aparato simbólico irritante para un país con fuerte tradición plebeya y predisposición a manifestarla. Y con Moyano para encarnarla.

Más allá de los vaivenes tácticos de su poder corporativo, Moyano ha demostrado desde el menemismo hasta hoy una extraordinaria e incómoda capacidad de movilización e intimidación de la opinión pública recién bañada y perfumada. Complementariamente, ha sido el dirigente sindical que fraguó de manera más consistente la identidad de una clase obrera que por herencia populista se reconoce sobre todo en la calle, en el ritual del paro y la movilización. Ni burócrata, ni “gordo”, ni participacionista ni combativo; “el negro” se desmarca recurrentemente de las categorías nativas que los propios sindicalistas acuñan para identificarse. Y no es nada porque es todo, por eso es Moyano. Su ubicuidad es una de las claves de su persistencia al frente de la dirigencia obrera.

Lo que hace de este camionero un Moyano es un saber práctico, una destreza política que el dirigente viene perfeccionando desde su irrupción en la escena en la década del 90. Un saber que supone un diagnóstico complejo acerca de la evolución de la clase obrera argentina en la post-hiperinflación y de la clase política en la post-representación. Y, partiendo de ese diagnóstico, Moyano ha venido elaborando una terapia compleja, a dos bandas podríamos decir, que lo coloca como el sindicalista más importante desde la restauración democrática. Si bien Moyano forma parte de la aristocracia sindical prohijada por las transformaciones del modelo de acumulación en la posthiper, si su poder se cifra en las venas abiertas de la argentina ferroviaria, sin embargo, Moyano hace política. No busca conservar su poder, o, mejor dicho, sabe que el poder para existir debe ejercerse y, consecuentemente, la sola idea de conservarlo es perderlo. Y para ejercerlo el líder despliega una estrategia de ascensor: se mueve constantemente de lo popular a lo político. Lo suyo no es el gremialismo sino la política sindical: “Deseo que alguna vez un trabajador llegue a la Casa de Gobierno. Los trabajadores deben dejar de ser instrumentos de presión para convertirse en instrumentos de poder”, le espetó a Cristina Kirchner en un acto por el Día de la Lealtad organizado en octubre de 2010 por la CGT Azopardo en el estadio de River. Poco más de un año después, en diciembre de 2011 en un acto en la cancha de Huracán, con Cristina recién reelecta con cosecha récord, el camionero, sin embargo, se distancia del gobierno y disputa la identidad peronista frente al progresismo blanco que confronta democracia contra corporaciones: “El PJ es una cáscara vacía, que dejó de tener trascendencia política, un instrumento que el poder político maneja a su antojo, vaciado de peronismo”, dirá desde el púlpito. El peronómetro de Moyano funciona como ninguno; acaso porque es el único dirigente que se arroga la autoridad de ponerlo en funcionamiento.

Pongamos en términos sociológicos el diagnóstico que Moyano parece haber entendido acerca de las transformaciones en la clase obrera de la posthiper: la integridad del movimiento obrero no está garantizada ni funcional ni simbólicamente, ni la sociedad está integrada por el trabajo asalariado ni los trabajadores son todos peronistas. Es decir, la representación de intereses depende cada vez más de una articulación política compleja entre las diversas formas del trabajo individualizado: flexibilidad, subcontratación, informalidad, tercerización; todos predicados deseables para el emprendedorismo macrista. El paradigma neoliberal invirtió la relación entre desarrollo económico y democratización política que habían establecido, con sus matices, la teoría de la modernización y el desarrollismo: no sólo el crecimiento económico no garantiza la integración social sino que en muchos aspectos la vulnera, con los efectos que esta fragmentación del tejido social produce sobre el régimen político de gobierno: crónicas crisis de representación, deslegitimación de las élites, propensión a la acción directa no institucionalizada, parálisis de las capacidades estatales. He ahí el hilo de plata que vincula a las reformas del régimen social de acumulación de la posthiper con las transformaciones del régimen político de gobierno del quilombo hasta acá.

Desandando el enigma del ascensor: Moyano representa, por un lado, la discusión política del peronismo desde una identidad obrera irreductible frente a sus inflexiones territoriales o progresistas, por el otro, la posibilidad de una amalgama entre el sindicalismo de tradición peronista rebelde y el precariado en proceso de organización constante; un armado poderoso en términos de capacidad de veto a través de la movilización masiva y organizada. Similar pero algo más que el mítico MTA de los 90 en la medida en que el gobierno que agravia los derechos laborales y el bienestar popular no es un gobierno peronista, por un lado, y dado el entrenamiento, la memoria de lucha y las redes organizativas legadas por el ciclo de movilización 97–03 y la experiencia kirchnerista, por el otro.

Como quedó demostrado en el 21F, hacia abajo, el veterano dirigente se encuentra con un viejo compañero con el que comparte diagnóstico y estrategia: Emilio Pérsico. Si Moyano entiende que es necesario movimentalizar el sindicalismo para incrementar su representación y, consecuentemente, su poder político y corporativo; Pérsico sabe que hay que sindicalizar al precariado porque su fuerza política no reside en la promesa del trabajo formal sino en el reconocimiento institucional de su creatividad colectiva. Pérsico es el Moyano de la economía informal: la resignifica, la institucionaliza, negocia, sabe que la fragmentación del campo popular está relacionada con factores estructurales originados en las transformaciones del capital, no en la mala fe o la ineptitud de un gobierno. La concibe en un horizonte peronista. Y se hace la pregunta fundamental: ¿qué es un peronismo sin columna vertebral? Ese invertebrado: ¿puede constituirse en la base de una comunidad organizada? ¿Cómo es eso posible? Pues, institucionalizando, reconociendo y organizando al precariado: “lo entiende mejor el secretario de empleo actual, que es gerente de RRHH de Techint y que está acostumbrado a tomar personal y sabe perfectamente que esas chicas no van a entrar nunca. Y el progresismo burgués no lo entendió, no lo pudo entender”, declara el dirigente social aludiendo sarcásticamente a la experiencia kirchnerista.

Fue ese “progresismo burgués” que insufló al cristinismo lo que alejó tanto a Pérsico como a Moyano del kirchnerismo. Pues la fisura entre crecimiento e integración también atravesó el proceso kirchnerista. Se redujo la pobreza pero se aumentó la informalidad, se expandió el consumo de masas pero se operó una importante concentración y extranjerización de la economía que tensó la desigualdad. En lo político, la normalización pactada que encaró Néstor se diluyó en la deriva populista de clases medias del cristinismo camporista. Cristina gobernó más pendiente de las cacerolas que de los gremios; esa fue la enseñanza que le quedó de la batalla de la 125: post quilombo el enmarcamiento pueblo versus oligarquía cedió su centralidad beligerante al antagonismo la gente contra los políticos.

Moyano esperó del gobierno de Cambiemos, al que recibió con estudiada cordialidad, el famoso “gen peronista”: la convocatoria a un pacto social que permitiera discutir el equilibrio del poder entre corporaciones y políticos; donde los sindicatos, sobre todo los más poderosos en términos de recursos y capacidad de movilización, tuvieran un papel destacado en la configuración del modelo de desarrollo y acumulación. Moyano esperó de Macri lo mismo que Néstor propuso como imaginario de un país normal post quilombo y que Cristina desmembró desde las cumbres del 52 %, impulsando su radicalización populista de clases medias para la cual los empresarios son garcas y los sindicalistas burócratas y corruptos. Moyano esperó del gobierno actual la convocatoria a un “pacto social” que es siempre una conciliación de intereses con capacidad de representación que desconoce matices ideológicos: peronistas somos todos (hasta que se demuestra lo contario). Y se demostró a poco de andar. Pues, si bien Macri no afectó las funciones vitales de las organizaciones sindicales -recaudatoria y representativa-, su deriva tecnocrática, criminalizadora y represiva expulsó violentamente de la mesa de negociaciones a los sindicatos que exhibían relativa autonomía respecto de los intereses de las patronales. Además, el modelo de apertura comercial y capitalización financiera reinstaló rápidamente los clivajes de la década menemista al interior del sindicalismo: “gordos” muy favorecidos como los sindicatos de comercio y servicios, por un lado, y los gremios dependientes del mercado interno, entre los que revista camioneros, más “la grasa militante” -estatales, docentes-, por el otro.

A diferencia de la movilización masiva de marzo del año pasado convocada por la CGT, que concluyó con la inexplicable omisión de la convocatoria al paro y la posterior profanación del escenario -esas imágenes de la barbarie sindical que deleitaron al círculo rojo-, la movilización del 21F se realizó en un contexto de calculado autocontrol y seguridad interna, pero, sobre todo, exhibió una homogeneidad ideológica antineoliberal, dibujó un antagonismo que trascendió las desavenencias tácticas entre las corrientes internas de la CGT que frustraron la marcha del año pasado y dejaron al triunvirato en estado crítico. Lo oradores, además de Moyano: Juan Carlos Schmid –representante moyanista en el agonizante triunvirato-, Sergio Palazzo -dirigente bancario, líder de la filokirchnerista Corriente Sindical Federal que declinó participar del triunvirato pero se mantuvo en la CGT-; Hugo Yasky y Pablo Micheli –Secretarios Generales de las CTAs y representantes de docentes y estatales, respectivamente-; más Esteban “el gringo” Castro -dirigente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) que aportó las columnas más nutridas del acto junto a los otros dos integrantes de triunvirato piquetero: CCC y Barrios de Pie-; invitan a pensar la posibilidad de lo que Palazzo llamó una “hermosa resistencia” al modelo económico que se intenta imponer.

El 21F volvieron los gorilas al vocabulario político argentino, también los huevos y la voluntad democrática. Bienvenidos.

 

* Politólogo (UBA). Coordinador del Departamento de Ciencia Política, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata

Ilustración: Daniel Santoro (fragmento)

admin

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2 Comments

  1. Daniel says:

    Muy interesante artículo de opinión.
    Donde se dibuja el juego del poder.
    Gracias
    PD Me enteré por Página 12

  2. Germán says:

    Muy de progresista que se exita viendo revolucionarios estéticamente es tener la soberbia y el individualismo de llamar al Kirchnerismo “progresismo burgues”. Utilizas rodeos teóricos por izquierda para llegar a conclusiones que van contramno de los procesos políticos populares. ¿Desde donde lo decís así tan livianamente? Flojera ideológica e intelectual la de saber que la unidad es el camino pero permitirse devaluar una experiencia de 12 años de un gobierno que supo rescatar las banderas de un proyecto nacional y popular y ponerlo al alcance de muchas organizaciones políticas, sindicales y sociales (con las que seguiremos compartiendo la lucha contra este modelo neoliberal) pero que priorizaron el engorde de la “orga” a la consolidación de ese proyecto frente a las presiones de los históricos enemigos del pueblo y de la causa nacional. Muchos preferimos el camino de organizar y organizarnos y otros eligieron el camino de ser “jefes”, intermediarios entre el poder y las necesidades de lxs compañerxs.

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