Notice: Undefined variable: imagen_act in /home/fmlapatr/public_html/wp-content/themes/sahifa/header.php on line 237
Home / Colaboraciones / 2021, educación y covid: una transición que se extiende

2021, educación y covid: una transición que se extiende

Por Manuel Becerra | ¿Es un debate educativo el que estamos transitando, en torno a la presencialidad escolar? ¿O se yuxtaponen las preguntas legítimas de alumnos, familias y docentes sobre la implementación efectiva de los protocolos, con un tironeo electoralista?

*Por Manuel Becerra - Profesor en secundaria, formación docente y universidad. Autor del blog fuelapluma.com

Durante la segunda mitad de 2020, caído el consenso político inicial en torno a la necesidad de cuarentena, la discusión sobre ella fue escalando el tono, y poniendo al sistema educativo en el centro del ¿debate? Los signos de pregunta son una marca gráfica para expresar una pregunta adicional: ¿Es un debate educativo el que estamos transitando, en torno a la presencialidad escolar? ¿O se yuxtaponen las preguntas legítimas de alumnos, familias y docentes sobre la implementación efectiva de los protocolos, con un tironeo electoralista que arrancó, justamente, a mediados del año pasado? Cuando la espuma del griterío mediático sobre temas educativos baja, nos quedamos charlando siempre los mismos: indicios para pensar que, desde hace varios meses, en el mismo lodo se mezclan los interlocutores preocupados de siempre con las aves de rapiña que miran, apetentes, bancas en el Congreso, las legislaturas provinciales y los concejos deliberantes.

2020 fue un año atípico en todos los órdenes de la vida. Lo transitamos como pudimos, alterándonos permanentemente en nuestros estados de ánimo y, por extensión, alterando nuestras rutinas. El mundo se tornó fuera de quicio y nosotros con él. Los sistemas educativos, la escuela, los procesos pedagógicos y didácticos no fueron ajenos al descontrol.

En las últimas semanas la discusión se volvió descarnada ante la inminencia del inicio de un nuevo ciclo lectivo sin certezas de ningún tipo. Vale la pena subrayar esto: no hay forma de que en la pandemia existan certezas de no contagios, de seguridad epidemiológica, de eficiencia pedagógica y didáctica. Sin embargo, en el armado de “los protocolos” se suelen depositar expectativas para encontrar esas certezas.

Expectativas, para quien escribe, infundadas, no por la experiencia de la pandemia sino por conocer el funcionamiento de la escuela desde hace décadas.

Pedirle a la escuela que reconstruya el mundo que elegimos destruir

Desde hace varias décadas, uno podría suponer a partir de la segunda guerra mundial y la irrupción del mass media, pero más aún con la financiarización de la economía mundial a partir de los ’70 y la irrupción de internet después -a partir del siglo XXI en su etapa apps y redes sociales- los hábitos sociales se fueron desmarcando de la escuela. Cierto orden basado en la autoridad adulta incuestionable (sin que esto sea necesariamente positivo), pero también el monopolio escolar de la transmisión de la cultura socialmente validada, permitían una convergencia entre las escalas de valores hegemónicas y las rutinas y los órdenes escolares. La caída de esas dos variables, entre otras, y la emergencia de escalas morales asociadas al éxito inmediato (y a su asociación con la acumulación de fama y dinero) y al consumo material como reflejo de “estar al día” fueron dejando a la escuela “fuera de la sociedad”, podría decirse. Dicho de otra manera: la sociedad -la televisión, los videojuegos, las conductas familiares, las redes sociales- le enseña a los niños, niñas y adolescentes a comportarse de una manera radicalmente diferente al orden escolar. Les enseña a consumir sin parar, y a habituarse a ser un commodity de Tik Tok, Instagram o la red que fuere. A estar on line las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Y en la escuela deben tratar de concentrarse, vincularse con temas fuera de los circuitos culturales habituales, en formatos que nada tienen que ver con el entretenimiento constante. La escuela se niega a someterse al reparto de la cultura desde el Mercado, y el costo es transformarse en una institución paria.

La escuela se niega a someterse al reparto de la cultura desde el Mercado, y el costo es transformarse en una institución paria.

Es así que en la escuela sobrevive, no inmaculadamente por supuesto -pues los adultos también somos víctimas/usuarios del sistema actual-,  un orden arcaico sobre el que la sociedad deposita todos los deberes a los que renunció: el ascenso social basado en el mérito, la tolerancia a otras formas de estar en el mundo, la belleza de buscar la forma íntima y personal de vincularse con la ciencia, la cultura y la expresión, acompañado de otros y otras (pares, docentes) que nutren el camino. Sobrevive en ella, también, el Estado tratando de hacerse cargo de los dramas sociales: canalizando un caso de violencia o abuso doméstico, atendiendo las dudas de una chica embarazada, acompañando a un alumno en conflicto con la ley. Mientras los medios arman regularmente hogueras para el “pibe chorro”, en la escuela tenemos que enseñar que usar visera no es señal de delito, y que aún quienes cometen delitos tienen derecho a la defensa y, de ser declarados culpables, a un trato digno en el marco del respeto irrestricto a los derechos humanos. Valores que en el mundo han caído en franco desuso: la escuela es una colección de las más bellas antigüedades liberales en un mundo que arde en llamas.

La escuela es una colección de las más bellas antigüedades liberales en un mundo que arde en llamas.

La misma operación ocurre cuando se plantean los protocolos para el respeto y cumplimiento del Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio en la escuela. Si hemos renunciado -adultos y jóvenes- al DiSPO este verano, ¿por qué debería suceder que se respete dentro de la escuela? No hablamos de estar en un espacio durante 80 minutos hasta que toque el recreo, hábito que se fue forjando desde los inicios de los sistemas educativos modernos. Hablamos de un hábito que nunca hasta esta pandemia fue la regla en las relaciones sociales, que fue introducido a la fuerza durante algunas semanas pero luego se relajó para nunca más volver. En la escuela, particularmente, el DiSPO no fue nunca la regla: en la escuela hay abrazos, besos, pupitres cerca unos de otros, tonos de voz elevados para que podamos escucharnos. Hay aulas con mucha, poca o nula ventilación. En las escuelas se canta, se amuchan los chicos en el kiosco, se pasan los celulares. ¿Sobre qué base inexistente, tanto fuera como dentro de la escuela, se va a construir este DiSPO que tan asépticamente proponen los protocolos?

Rutinas y hábitos

Además de la dificultad de sostener un DiSPO que sólo fue un instante fugaz en la humanidad, hay otra dificultad que se presenta este año para las escuelas. Una parte central y estructurante de la dinámica escolar son sus rutinas. Esos hábitos, arraigadísimos como se dijo durante dos siglos de repetición en todo el mundo, son el marco en el que se arman los procesos de enseñanza y aprendizaje todos los días. Esos hábitos, no hace falta decirlo, tenían a la presencialidad como condición básica: generaciones y generaciones de seres humanos criándose y trabajando en escuelas presenciales. Los reclamos hacia los docentes que sostienen “que no queremos volver a la escuela” no tienen en cuenta esta pregunta: si hace 200 años trabajamos de manera presencial, si todas las dimensiones de nuestro trabajo -planificación de la enseñanza, dar las clases, responder preguntas, evaluar, hacer el seguimiento, detectar cambios de humor y conductas- eran presenciales, si sin la presencialidad nos quedamos sin la variable estructurante de todo, ¿Por qué no querríamos volver a hacer lo que sí sabemos hacer?

Durante 2020, y por primera vez desde la existencia de los sistemas educativos modernos, pasamos a otra modalidad. Las tecnologías contemporáneas intentaron funcionar de muleta de los procesos habituales de enseñanza y aprendizaje, por supuesto de manera muy deficiente. No sólo es imposible “tomar la temperatura” del aula en un zoom, por WhatsApp o en una plataforma educativa, sino que además el acceso a la tecnología y conectividad de alumnos y docentes es profundamente desigual. El futuro de los gurúes de la tecnología educativa finalmente llegó, pero resultó ser una distopía caótica. A los gurúes (por suerte) se les quemaron todos los papeles y transitaron el año pasado en un silencio atroz.

Sin embargo, y a pesar de todas las limitaciones que desnaturalizaron por completo el trabajo docente y los procesos de enseñanza y aprendizaje, la virtualidad casi total del año pasado marcó cierta idea general de estabilidad. Y a partir de esa estabilidad pudo, transcurridas varias semanas, configurarse una rutina de vínculo con los alumnos, de circulación de los materiales didácticos, de encuentros virtuales. Vínculo brumoso, porque las cámaras del zoom muchas veces estaban apagadas, porque no ver las caras nos impedía reconocer si había atención a lo que se estaba trabajando en clase. Brumoso porque no teníamos forma de calibrar si los pasos que dábamos tenían algún impacto pedagógico real. Pero pudimos construir una rutina entre la niebla. Precaria, profundamente insuficiente e injusta, limitadísima, pero rutina al fin.

Es probable que la transición hacia la presencialidad de 2021 genere más caos aún, ya que esa rutina provisoria marcada por la dinámica virtual vuelve a desconfigurarse. Las condiciones que parecen estar planteándose proponen grupos reducidos por la condición del metro y medio de distanciamiento, espacios inhabilitados por carecer de ventilación cruzada, y otros problemas de infraestructura escolar. Esto nos da la primera pista: la dinámica será mixta. Algunos alumnos físicamente en la escuela, otros en sus casas por vías remotas. Pero ¿cómo se complementarán, pedagógicamente, estas instancias? ¿cómo repartir las tareas? ¿el mismo docente tendrá a su cargo ambas instancias, no implica esto duplicar el trabajo? ¿podrán los niños, niñas y adolescentes en la virtualidad, con los problemas tecnológicos ya mencionados, sostenerla sin problemas? Estas son preguntas eminentemente pedagógicas, acerca de la efectividad que pueda tener ese esquema.

Otra variable de inestabilidad que se presentará seguramente este año tiene que ver con los contagios. Abrir una actividad más -la educación-, que involucra a 15 millones de personas en todos sus niveles, muy probablemente aumente los contagios. Esto, claro, asumiendo que ni la sociedad ni los gobiernos nacional ni jurisdiccionales tienen en sus planes sacrificar otras actividades para amortiguar ese efecto.

Como consecuencia de los contagios que aparecerán en las escuelas, se procederán a cierres intermitentes de escuelas y burbujas. ¿Qué harán los docentes cuando su burbuja ha sido aislada? Todo indicaría que debería pasar a la modalidad virtual. ¿Quedarán aislados también quienes, de esa burbuja, estaban transitando sus semanas virtuales cuando se detectó el caso? ¿Volverán físicamente a la escuela? ¿Con qué docente?

Los impactos burocráticos de la aparición de casos son extra pedagógicos, pero impactan también, por supuesto, sobre los procesos de enseñanza y aprendizaje. En esa esfera, la epidemiológica, la bruma sigue: una de las cosas que no terminan de quedar claras son las lógicas de transmisión del virus. Parece ser evidente que el mayor problema son los aerosoles y por lo tanto hay que tener especial cuidado en espacios cerrados y sin ventilación. Pero, aún así, la dinámica de propagación del Covid sigue albergando misterios: ¿Cuántos casos conocemos de personas infectadas que se aislaron con su familia, pero a la vez la familia no se infectó? ¿Cuántas historias vimos en Instagram de personas que desfilaron por cuanta reunión y centro vacacional pudo durante dos meses, y no se pescaron coronavirus?

La pandemia nos abre un océano de incertidumbres, brumas, intermitencias a la rutina escolar. Que se suma al golpe que nos propinó en todos los órdenes de nuestras vidas. Pues bien: la escuela no es, no puede ser, un espacio diferente en ese sentido.

Transición y después

La transición, entonces, se presenta muy compleja y caótica. La situación también es un desafío para los gobiernos, naturalmente. No estaba en los planes de nadie gobernar un sistema educativo, ni ningún sistema, en estos escenarios. Sin embargo, durante 2020 las familias y los docentes financiamos la infraestructura a través de la cual se dio la continuidad pedagógica: conexión a internet, electricidad, datos de los planes de telefonía celular, la misma computadora donde escribo esta columna, son propiedad privada de los actores centrales de la escuela.

Los gobiernos, así, se apropiaron de un enorme excedente presupuestario, al que se le suma también el no gasto en mantenimiento cotidiano de la escuela: productos de limpieza, mobiliario que se rompe, etc. Por fuera de los salarios, las familias y los docentes hemos financiado al sistema educativo en 2020.

A horas del inicio del nuevo ciclo lectivo nadie tiene una certeza demasiado clara de qué pasará.

Ese ahorro pudo derivarse a mejorar la infraestructura y el mantenimiento edilicio en los lugares más críticos. El tiempo de la escuela vacía, sobre todo durante la segunda mitad del año pasado, pudo emplearse en finalizar obras en curso. Y, fundamentalmente, ese momento era el de empezar a pensar y negociar, en discusiones abiertas y francas, las variables para pensar la presencialidad 2021. No, como sucedió, durante los últimos días de enero. A horas del inicio del nuevo ciclo lectivo nadie tiene una certeza demasiado clara de qué pasará.

Hasta que logremos un escenario con una masa crítica de vacunados e inmunizados seguiremos en esta transición accidentada. El mundo pre pandemia todavía está muy lejos, y la escuela pre pandemia más aún. Exijamos a los gobiernos el acompañamiento para poder desarrollar nuestras tareas de la mejor manera posible, reclamemos aumentos salariales por haber puesto nuestra vida entera -nuestra propiedad privada- al servicio del sistema educativo. Y, fundamentalmente, no dejemos nunca de pedir que no se utilice electoralmente a la educación, mucho menos en un momento donde todo se ha puesto patas arriba.

También podés ver...

Soberanía nacional y mercado comunicacional

Por Manuela González Ursi | En el mundo actual, la soberanía nacional no tiene que ver principalmente con los límites geográficos de los Estados, sino con la capacidad de los mismos de tomar las decisiones que involucren la defensa y el desarrollo del interés nacional.


Notice: Undefined variable: imagen_act in /home/fmlapatr/public_html/wp-content/themes/sahifa/footer.php on line 24