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17 de agosto, Día del Peatón

Entre las varias preguntas que aparecen luego de los resultados del 11 de agosto, se abre paso una, quizás menos esperada. La pregunta por el lugar de la Ciudad de Buenos Aires, por su cuerpo extraño todo espalda ¿Puede pensarse un proyecto de nación soberana, un pueblo libre capaz de transformar los modos de su inserción en el concierto de naciones, revirtiendo su condena estructural de capitalismo periférico, si la ciudad que actuó el papel central en esa historia sigue dando su doble espalda al río y al país profundo?

Por Natalia Romé*

¿Qué tipo de marca histórica es un resultado electoral? En qué sentido puede llamárselo “acontecimiento”? Muchas preguntas políticas, históricas y por qué no, filosóficas, dejaron los resultados de las PASO. Algunas cuestiones más evidentes, otras acaso menos.
La pregunta que se impone a cierta sensibilidad militante, inquieta siempre por los modos de la escucha y la percepción del humor social es cuándo comenzó a cocinarse, y especialmente, mediante cuáles vías, cuáles hebras argumentativas y afectivas del tejido social, fue amasándose el proceso lento que retruca hoy con la fuerza de los procesos históricos, las tesis sobre una hegemonía de derecha, junto con el fetichismo tecnológico e instrumentalista de la eficacia del marketing y la comunicación estratégica.
Una vez más, la clave parece estar en ese delicado equilibrio en el que la intervención política introduce el gesto que hacía falta para vehiculizar un malestar existente pero informe y pasivamente disponible, como una chance abierta que espera un gesto de virtud. Ese gesto aconteció entre el 18 de mayo y el 11 de agosto, cuando la decisión de hacer a un lado los narcisismos y priorizar el colectivo abrió un tajo en el continuo gozoso y tanático de diletantismo y fakenews. Un corte llamado política en el magma reiterativo del duranbarbismo generalizado. Lo que ocurrió el 11 de agosto fue la interpretación colectiva de ese gesto y su reescritura masiva; no como acuerdo pleno de una voluntad homogénea, sino como confluencia de una miríadas de razones y sentimientos, tramados como potencia política y como alegría popular.
Esa reescritura tiene algo de espectral. Desborda la estrategia y la táctica y renueva la esperanza de restituir un puente temporal, de retomar la historia desde el punto de vista del pueblo, en el lugar exacto en que se quedó trabada, con sus tensiones entre jacobinos y moderados; con su histórico dilema del desarrollo y la falta de divisas; con la encrucijada de la acumulación política concentrada en el estado o descentrada en las organizaciones de la sociedad civil…. Todas esas cuestiones que son las preguntas por el modo, las posibilidades y los límites de una modernización liderada por los sectores populares, quedaron suspendidas en el tiempo de una avanzada oligárquica que nos llevó a las patadas hasta al siglo XIX –en el que habita por siempre, heredera de una prehistoria colonial, aunque hable la lengua financiera y 2.0-. Esas preguntas suspendidas parecen regresar para ser retomadas.
El 11 de agosto, la grieta ideológica dejó paso a la emergencia de una frontera histórica en la que se miden, una vez más, las vanguardias oligárquicas, antirrepublicanas y reactivas a toda forma de democratización y un pueblo menos revoltoso de lo que quisiera la ansiedad progresista, pero suficientemente lúcido para distinguir promesa de estafa; menos informado de lo que requiere un ejercicio activo de la ciudadanía, pero mucho más politizado en su media que la mayoría de la sociedades americanas y europeas.
¿Qué procesos asisten a esa experiencia lenta pero contundente que fue creciendo en las napas menos visibles de una sociedad que parecía tan desconcertada? Sin dudas, una agenda de movilizaciones de la porción más activa de la población, que hace de la calle un modo de intervención clara y sistemática en la agenda pública: pronunciamientos claros en torno a la defensa prioritaria de los Derechos Humanos, contra el 2×1; en respaldo de la familia de Santiago Maldonado; y cada 24 de marzo. Convocatorias multitudinarias para marcar el pulso de las instituciones e insuflarles aliento soberano cuando empiezan a languidecer de democracia: contra el avance de reformas antipopulares como el programa de reforma previsional o a favor de la democratización en la demanda por el derecho al aborto legal. Movilizaciones que se renuevan en sus protagonistas, que asisten al recambio generacional que trae nuevos colores feministas, pero que no dejan por ello de inscribirse en una tradición de movilizaciones de masas, estéticamente plebeyas, políticamente festivas y profundamente democráticas.
Menos simpático, más difícil de celebrar es el paquidermo de una burocracia sindical y política, de las estructuras tradicionales, disciplinarias, verticales, supervivencias del estado social que el neoliberalismo viene a terminar de liquidar…pero es preciso advertir que acaso sus huesos viejos se ofrezcan como resguardo de lazos sociales, como reserva de politicidad popular y como una estructura organizacional que funge de sostén a esa resistencia colorida. Una retaguardia lenta e infranqueable que no se sabe si está dormida, volcada al entero negocio de su propia supervivencia o a la espera del momento justo para levantarse y torcer definitivamente la cancha y con ella el partido…
Entre todas esas preguntas que regresan, se abre paso una, menos esperada. La pregunta por el lugar de la Ciudad de Buenos Aires, por su cuerpo extraño todo espalda ¿Puede pensarse un proyecto de nación soberana, un pueblo libre capaz de transformar los modos de su inserción en el concierto de naciones, revirtiendo su condena estructural de capitalismo periférico, si la ciudad que actuó el papel central en esa historia sigue dando su doble espalda al río y al país profundo? Buenos Aires es una ciudad narcisista, que se mira a sí misma, regodeada en su sueño provinciano de pequeña aldea global. Recortada imaginariamente entre su nueva zanja del paseo del bajo y la vieja muralla de la General Paz, campo edénico para cementeras, negocios inmobiliarios y festivales internacionales a dos entradas por internauta. Esa ciudad no es toda así, se agita en infinidad de experiencias políticas, artísticas, de cine en el barrio, debate feminista y locro en la unidad básica. En ella, se concentra una porción significativa del pensamiento crítico y del impulso político, de las fuerzas productivas y los sindicatos. Una ciudad letrada pero no antipopular, cosmopolita pero hospitalaria, que se quiere argentina y latinoamericana.
El pasado viernes, los letreros digitales de la Avenida Libertador decían “17 de agosto, día del peatón” ¿Alcanzará la fuerza de la historicidad recobrada, entre un mayo y un agosto, para poner las cosas de la memoria en su lugar de porvenir?

Ilustración:»B.A.», de Xul Solar (1929).

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