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Álvaro García Linera. Un marxismo de los márgenes

Álvaro García Linera es el Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, pero es además hoy uno de los pensadores más finos y potentes del marxismo. El pasado 9 de mayo dictó una clase magistral en Milán, invitado por Vittorio Morfino, director del Corso de Perfezionamento Teoria e Critica della Società , de la Università degli Studi di Milano-Bicocca. A continuación, un breve relato de sus ideas.

Por Natalia Romé *

Ante un auditorio en el que se mezclaban los representantes de consulados de países latinoamericanos, con profesores y estudiantes que tomaban apuntes de cada idea, Álvaro García Linera expuso los ejes de su pensamiento. La clase magistral que dictó dejó una interesante cantidad de preguntas, pero por sobre todo, una certeza: Linera dejará una marca en la historia intelectual del pensamiento de izquierdas. Y es que, como los más destacados teóricos marxistas, de Lenin a Gramsci; de Rosa de Luxenburgo a José Mariátegui, despliega su constelación de categorías, entre la herencia teórica del marxismo y el ritmo de una coyuntura de luchas reales que ofrece, a cada paso, un nuevo desafío político que es también intelectual. Explica así su marxismo práctico, heterodoxo, dice que lee a los teóricos marxistas porque necesita entender. Que lee a Marx, a Engels, a Lenin, a Kautsy, a Gramsci a los marxistas austro-húngaros, pero que sabe también que en la tradición marxista hay vacíos, sobre la cuestión nacional, sobre la cuestión campesina e indígena. Por eso, enfatiza, “no le tengo miedo a las palabras”, para articular la teoría marxista con otras tradiciones, desde la sociología de Bourdieu al pensamiento indianista. Como dijera Louis Althusser, de Karl Marx, Álvaro Linera “surgió en el mundo del pensamiento de su tiempo, para pensar en él, a su vez, y emprender con los pensamientos de su tiempo un intercambio y ese debate que constituirá toda su vida (…) Esa relación es la que está presente en ese comienzo y ese comienzo n tendrá fin…”  García Linera nombra su singularidad, como un “marxismo de los bordes”, que intenta buscar a Marx en los márgenes de su pensamiento, en sus cartas, en sus textos inéditos para desarrollar un marxismo que no sea una Filosofía de la Historia sino la posibilidad de comprender una historia hecha de múltiples memorias. La historia del tiempo abigarrado de América Latina. Pero su pensamiento no es apenas una versión local de marxismo, es un pensamiento situado, americano, indio pero universal. Un universal indio, emancipador, para todo aquel capaz de entender que no hay libertad individual que no sea libertad común.

Durante tres horas sin pausa, Linera presenta los ejes de un recorrido intelectual que no es una biografía sino un sistema de pensamiento teórico verdaderamente materialista, es decir, arrojado a su coyuntura que es el tiempo de los desafíos actuales de la sociedad boliviana, pero a cuya realidad asisten condiciones determinadas por la historia de Latinoamérica, que es la historia del capitalismo periférico y de la colonización. Habla entonces, primero de lo que el concepto marxista de lucha de clases no logra inteligir: el problema del indígena y del campesinado en el marco del capitalismo imperialista. Linera ha forjado un concepto apoyándose en la sociología de Pierre Bourdieu, para pensar una determinación crucial sin la cual no puede entenderse la realidad boliviana, lo llama “capital étnico”, lo describe como un conjunto de marcas físicas, culturales que se objetivan como etnicidad y explica que permite pensar una determinación múltiple articulada con la clase. Durante mucho tiempo, explica, el marxismo no conoció la tradición intelectual americana llamada Indianismo; a su vez, ésta se mantuvo a distancia del marxismo, por considerarlo eurocéntrico. “Yo apunto a una indianización del marxismo y a una marxización del indianismo”-cierra su idea.

La segunda cuestión que desarrolla, es presentada como el “problema de la acción colectiva”, en el marco de un declive de la capacidad explicativa del concepto de proletariado, como indiscutible sujeto de la transformación histórica. Narra con detalle dos experiencias. Por un lado, su investigación empírica, en sus años de profesor de sociología, sobre las transformaciones del mundo obrero en Bolivia. Explica que los resultados del trabajo de campo realizado, junto con sus estudiantes, le permitieron advertir un conjunto de transformaciones fuertes en la composición de la clase trabajadora, sus prácticas laborales, culturales y sus configuraciones identitarias. Se refiere a la desterritorialización de la experiencia obrera, junto con la tendencial desaparición de los barrios  que permiten una sociabilidad específica; la transformación en los modos de transmisión del saber intergeneracional que garantiza la verticalidad de la organización sindical; el debilitamiento del vínculo con el Estado que garantiza ciudadanía y negocia a través del sindicato. Explica, entonces, que hoy asistimos a formas de deslocalización e hibridación de la condición obrera; a la dilución de las antiguas formas de concentración y difusión del saber técnico y la proliferación de nuevas configuraciones subjetivas que toman la escena en relación con ese proceso de debilitamiento identitario, especialmente la consolidación de los jóvenes y las mujeres como nuevas identidades políticas, potentes y radicalizadas. El antiguo mundo obrero es un fantasma, dice, y la cultura obrera pasa de la forma sindicato a la forma multitud. “Pero no en el sentido de Toni Negri”-aclara. Sino en la forma de un “obrero-multitud” que presenta una identidad abigarrada y que confiere al sujeto de la acción colectiva, la forma de un proceso contingente. Esto tampoco quiere decir, advierte, como dice Touraine, que ya no existen modos de politización, sino que su radicalización depende del proceso específico que se dé en cada coyuntura. Y esto lo lleva a relatar su segunda experiencia. La “Guerra del Agua” en Bolivia demostró –explica- cómo un proceso que comenzó con un reclamo frente a un aumento de tarifas, fue creciendo en potencia política y en radicalización, adoptó la forma de una cooperativización de la gestión del agua y decantó en una exigencia popular fuerte de nacionalización de los recursos naturales. El concepto de ley de recursos comunes, fue resultado de una transformación del sentido común en la experiencia misma de la lucha política-subraya Linera. Ese proceso, dice, no tuvo una vanguardia, el liderazgo del movimiento se fue trasladando entre los distintos actores que se fueron sumando y ampliando la base social del reclamo. Cuando pasó de agrupaciones urbanas, al movimiento obrero capaz de una acción dirigida y de allí, a la población campesina con amplia base territorial, ya la suerte estaba echada. A ese proceso, en gran medida imprevisible, Linera lo llama “forma-multitud”. Se trata de sujetos políticos articulados en el proceso mismo, en función de las relaciones de fuerza de una coyuntura.

El tercer eje de su pensamiento, dice, es sobre la gran cuestión del Estado. Comenta que en sus múltiples lecturas, de Rosa de Luxemburgo, Althusser, Gramsci, Poulantzas y los derivacionistas alemanes, fue pasando de una idea del “estado-máquina” entendido como una fuerza omnipotente e instrumental a una concepción del “Estado como relación social”, como cristalización de un cierto momento de las relaciones sociales y de poder, que supone una cantidad de paradojas. Cuenta que tuvo que entender cuáles eran las fuentes de la autoridad del estado, de esa “comunidad de todos que no es pensada por todos”. Y que eso lo llevó a plantearse que el concepto del Estado como monopolización de la fuerza, debe ser concebido en el marco de un proceso que nunca es pleno y que se encuentra, además, en una relación dialéctica con otro que es el del Estado como proceso de universalización. “Un Estado que no socializa bienes, derechos, saberes, no es un Estado Moderno es un Estado Patrimonial”. Si aceptamos el monopolio del Estado es porque existe esta tendencia de universalización que crea comunidad. explica. Y esa comunidad es ilusoria, como dice Marx, es una unidad general que se relaciona paradójicamente con formas de división real. Porque la universalidad es abstracta –y aclara- en los hechos, existen jerarquías en las diversas formas de acceso, pero esas contradicciones son las que forjan la historia del Estado Moderno y hacen necesario pensarlo en sus momentos específicos.

Por último, presenta un tema que está trabajando, relacionado con lo anterior, pero también con las circunstancias actuales de América Latina. Se trata del “problema del sentido común”. Dice que apoyado en Gramsci piensa al sentido común como un conjunto de preceptos lógicos, instrumentales, morales y vitales que configuran el pensamiento espontáneo de los hombres y mujeres. Y que el sentido común general es un espacio de luchas, que no se reduce a la particularidad de la clase dominante sino que intersecta diversas formaciones de sentido. Su estabilidad -dice- supone la predominancia de un sentido común dominante, pero esa predominancia no es absoluta, aclara. Y que así tomado, puede pensarse que nunca hay subalternidad completa, pero también que las revoluciones políticas del sentido común no son tampoco inevitablemente definitivas o irreversibles. Un proceso revolucionario -explica- supone una ruptura de una forma dominante del sentido común, un quiebre fuerte en los procesos morales, lógicos, vitales de legitimidad de un orden.  Puede producirse por frustraciones de largo plazo, por la radicalización de las luchas por el reconocimiento, por acumulación de agravios, pero también, por un crecimiento fuerte de las expectativas frustradas. Cuando se quiebra el sentido común general, sus fragmentos perviven, a veces se reintegran y restituyen el viejo orden; a veces permanecen como fuerzas reactivas, reaccionarias incluso. En este proceso dialéctico, las transformaciones se ven en la perduración intergeneracional. Las sociedades avanzan a través de sus fracasos y una revolución es entonces, en gran medida, un trabajo sobre el tiempo. Un esfuerzo cotidiano, complejo y sostenido por ganar tiempo, hasta la próxima oportunidad.

De esta forma, desde una teoría de la articulación de la cuestión indígena y campesina con la teoría marxista, pasando por un análisis de las posibilidades actuales de la acción política y una reconfiguración teórica en la concepción del Estado, Álvaro García Linera nos conduce, con la cadencia singular de su voz y la lucidez inigualable de su pensamiento, hasta una teoría práctica de la Revolución, un modo de hacerla pensable, una vez más, para América Latina, para hoy.

*Doctora en Ciencias Sociales, Investigadora del Instituto Gino Germani (UBA).

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